Los papeles de Aspern | Crítica Henry James a lo Ferrero Rocher

Vanessa Redgrave con una extraña visera verde en 'Los papeles de Aspern'. Vanessa Redgrave con una extraña visera verde en 'Los papeles de Aspern'.

Vanessa Redgrave con una extraña visera verde en 'Los papeles de Aspern'.

Son muchas, buenas e incluso memorables las adaptaciones al cine de la obra de Henry James, desde La heredera de Wyler a Retrato de una dama, de Campion, pasando por la estupenda Suspense, de Jack Clayton, La habitación verde, de Truffaut, la trilogía Las Bostonianas, Los Europeos y La copa dorada, de James Ivory, La señorita rebelde, de Bogdanovich, Las alas de la paloma, de Softley, Washington Square, de Holland o las numerosas versiones de Otra vuelta de tuerca, entre ellas la española dirigida por Eloy de la Iglesia en 1985.

Los papeles de Aspern, que tuvo ya otra adaptación española de la mano de Jordi Cadena, viene a sumarse ahora a esta larga nómina con su indisimulado aspecto y maneras de telefilme de lujo, amanerado y cursi que desaprovecha un elenco de prestigio, con la veterana Vanessa Redgrave, su hija Joely Richardson y el atildado Jonathan Rhys Meyers al frente, en una sucesión de estampas palaciegas y venecianas que hacen aflorar los peores tics del costume drama en vestuario de estreno a propósito de un duelo tan estático como monótono y mal rodado entre un editor en busca de la pista y el legado de un poeta y la vieja dama que atesora los secretos de una antigua y apasionada relación de juventud.

En sus vanos intentos de huir del academicismo más apolillado, Julien Landais confunde los accesos de modernidad con una serie de risibles efectos vídeo-clip de corte onírico para rememorar el pasado o, en su defecto, con la estética publicitaria de anuncio de Ferrero Rocher, todo en aras de un despropósito trasnochado e inerte que deja cualquier película de Ken Russell a la altura de la genialidad.