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Pinocho | Crítica

El ‘Pinochenstein’ de Guillermo del Toro

El ‘Pinocho' de Guillermo del Toro.

El ‘Pinocho' de Guillermo del Toro. / D. S.

Guillermo del Toro ha hecho su Pinocho auxiliado técnicamente por el publicista reconvertido en director de películas de animación stop-motion Mark Gustafson. Es su Pinocho, desde luego. Todo en ella es fiel estética y temáticamente a sus universos. Gustafson es una marioneta técnica en sus manos. Ni tan siquiera el diseño de las criaturas animadas es aportación suya: están inspiradas en los dibujos de Gris Gimly -autor de las ilustraciones macabras para Cuentos de misterio y locura de Allan Poe, Frankenstein de Shelley, La leyenda de Sleepy Hollow de Irving o El alfabeto peligroso de Gailman- para la edición del Pinocho de Collodi por la editorial Tor, especializada en fantasía y ciencia-ficción. Eso sí, afeadas por del Toro al arrastrarlo a su universo y por Gustafson al convertirlas en muñecos para la stop-motion.

Nada funciona en esta película que no logra su pretensión de ser una relectura oscura y filosófica con formato de comedia musical de la obra de Collodi tan políticamente aleccionadora y poéticamente macabra como tierna y realistamente desgarradora en su canto a la aceptación de la inevitable pero también humanizadora muerte.

Todo está tan torpemente planteado y realizado que la lección política es un panfletito metido con calzador al trasladar el guión de del Toro y Matthew Robbins la acción a la Italia fascista (hasta aparece Mussolini) para enfrentar a la marioneta y a su padre/creador con la esencia del mal representada por un cura con avinagrada cara de inquisidor y un jerarca fascista con bigotito imperial. La poesía macabra es tosca en su planteamiento figurativo feísta, cursi cuando pretende crear belleza oscura y ridículo cuando cita: véase la creación de la marioneta como si fuera una criatura del doctor Frankenstein. La ternura desgarradora y realista que se supone es el centro temático o ‘mensaje de la película, el punto que la pretende hacer adulta y profunda -la muerte es tan inevitable como humanizadora, tan desoladora como inspiradora en la lucha por la vida cuando se acepta liberada de idealizaciones y adherencias religiosas- tiene la forzada pedantería del codazo cómplice de ¿lo coges? Tengan en cuenta que el grillo parlante lleva consigo un grabado de Schopenhauer, no se vayan a creer que la cosa no tiene hondura filosófica.

La versión de Del Toro es una de las peores, seguida de la de Zemeckis. Un mal año para Pinocho

   

Aparecen el dueño del circo que secuestra a Pinocho para explotarlo, por supuesto, la ballena -aquí un monstruo con forma de almorrana enfurecida y estreñida- y el hada (y, por desgracia, su hermana). Y hay canciones, por desgracia, muchas canciones del habitualmente hábil y aquí fallido Alexandre Desplat: insulsas composiciones pésimamente insertadas en la película. 

Hay una curiosa fiebre Pinocho: en los últimos tres años se han hecho tres adaptaciones -Garrone, Zemeckis y del Toro- que se suman al más de medio centenar que se han realizado para cine o televisión, animadas o de imagen real, desde 1911 hasta hoy -las mejores para mí la de Disney (1940) en animación y la de Luigi Comencini (1972) en imagen real- de entre las que esta de Guillermo del Toro es una de las peores, seguida muy de cerca por la de Zemeckis, igualmente fallida por motivos opuestos dentro de esa rara dedicación de Disney a maltratar sus clásicos rehaciéndolos: mal año para Pinocho.         

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