Crítica de Cine cine

Un Le Carré menor

McGregor y Harris en la película. McGregor y Harris en la película.

McGregor y Harris en la película. / d,s,

Dos y media no más, Santo Tomás. Pese a la calidad y éxito de sus novelas, a John Le Carré solo le ha hecho de verdad justicia el cine dos veces y media; las dos veces fueron también las dos primeras en que sus novelas se adaptaron: El espía que surgió del frío (1965, Martin Ritt) y Llamada para el muerto (1967, Sidney Lumet). En el medio siglo transcurrido desde entonces ninguna película ha vuelto a ser tan inteligentemente fiel al universo de Le Carré. La que cuento como media -por no estar lograda del todo pero tener muy buenas interpretaciones de Connery y Pfeiffer más una maravillosa banda sonora de Jerry Goldsmith- es La Casa Rusia (Schepisi, 1990). Todas las demás son olvidables (La chica del tambor, El jardinero fiel) o solo correctas (El espejo de los espías, El sastre de Panamá, El topo, El hombre más buscado). Cuestión aparte es la excelente miniserie televisiva Calderero, sastre, soldado, espía con un siempre grande Alec Guiness.

Un traidor como los nuestros se sitúa entre las prescindibles y las correctas. Como en sus novelas posteriores a la Guerra Fría en esta, publicada en 2010, Le Carré se apunta a la denuncia de la corrupción en la era global, en este caso la compra de influyentes voluntades británicas -políticos y banqueros incluidos- por el dinero negro en busca de blanqueo de la mafia rusa. Apuntándose a la estética fría de El topo, excesivamente sometida al diseño visual posmoderno, la realizadora Susanna White, especialista en adaptaciones televisivas de clásicos (Casa desolada, Jane Eyre, Parade's End), realiza una sosa adaptación de la aventura del matrimonio inglés al que un mafioso ruso amenazado por su capo usa como correo para negociar su asilo político en Inglaterra a cambio de denunciar a los poderosos británicos comprados por el dinero ruso.

Narración correcta, aunque afectada y un reparto que no cuadra. Stellan Skarsgard sobreactúa como mafioso delator, Ewan McGregor y Naoimie Harris no convencen como profesor de literatura y como prestigiosa abogada, y aún menos como espías. Damian Lewis está más convincente como agente, pero tampoco da el tipo. No se trata de que actúen mejor o peor, sino que no encajan en sus personajes. La trama se plantea y desarrolla con abrupta torpeza y poca credibilidad. Ignoro si la causa está en la novela, que no he leído, o en el guión. Entretenida si no se le pide verosimilitud.

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