El canto de la selva | Crítica

Olvidar al padre

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película. / D. S.

En su segundo largometraje, Premio del Jurado en Un Certain Regard de Cannes, el portugués Joao Salaviza se aleja del ámbito urbano de sus celebrados cortos (Rafa, Arena, Cerro negro) y de su primer largo, Montanha, para trasladarse a la jungla del Norte brasileño en uno de esos ejercicios de cine etnográfico que se hace con, no tanto sobre, los miembros de una pequeña comunidad indígena.

Un cine, por tanto, hecho en complicidad (de hecho, codirigido por la cineasta y operadora local Renée Nader Messora), atento a los flujos, tiempos y mitologías de un lugar y unas gentes alejados del mundanal ruido y de todo atisbo de modernidad que pasan justo por el trance de una pérdida esencial (el padre ha muerto) y sus rituales de duelo, un espacio dominado por las fuerzas y los espíritus ancestrales, pero también por la poderosa pregnancia de un paisaje, un clima y unos sonidos que determinan una particular manera de percibir la realidad.

Así, entre el componente mágico, sensorial y espiritual (que puede recordarnos al Apitchapong Weerasethakul de Uncle Boonme) y la necesidad de encontrar respuestas a los males del alma en un mundo ya definitivamente avanzado, que ocupa ya la segunda parte de esta película, El canto de la selva se despliega serena y contemplativa como relato de una doble transición entre lo real, lo onírico y lo mitológico, entre un tiempo pretérito y sus ritos y el acecho de un desarrollo que, como no podía ser de otra manera, apunta también a ese proceso de unificación e integración (violenta) de las comunidades indígenas en ese gran proyecto fallido de una gran nación brasileña en la que el orden y el progreso también suponen el exterminio de las numerosas identidades étnicas.

Salaviza da voz, palabra y cuerpo a los protagonistas auténticos de estos relatos mitad reales, mitad fabulados, los acompaña en su proceso interno de duelo y expiación y se muestra siempre atento a las contingencias y misterios de lo real, filmado con ojos y oídos abiertos al azar, la belleza natural y las cadencias de un mundo en vías de extinción que el cine aún es capaz de rescatar con cierta dignidad para el futuro y la memoria de los pueblos sin voz ni cámaras.

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