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Kichi, una marca pop

  • Rara avis dentro del panorama político nacional, el alcalde de Cádiz ha conseguido desarrollar un sello único. Nombres como Pablo Simón, Carlos Herrera o José Yélamo analizan su perfil y trayectoria. 

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"¿Qué tal con el Kichi?". Esa es, más de tres años después de la llegada de José María González a la alcaldía, la pregunta recurrente de cualquiera que venga de fuera. Que traducido resulta: ¿cómo os va? ¿sois la República Independiente de Christiania? ¿vivís en comunas? ¿os han intervenido, como en Dr. Zhivago? Cuando uno constata el alcance del fenómeno es cuando le dicen: "Y, ¿cómo es, el Kichi?".

Bien, ¿saben ustedes quién el alcalde de Cáceres? Yo tampoco. ¿Alguno tiene curiosidad por saber cómo es? Yo tampoco.

A José María González, Kichi, lo conocen -y reconocen- en toda la geografía nacional. Está en boca de muchos y en el foco de unos cuantos. Y eso, con un perfil poco común dentro de la gestión política. Podría ser, de hecho, el antipolítico: no tiene formación política tradicional ni se le conoce ambición de salto. Para colmo, no es sólo que no sea un hombre de partido al uso, sino que lleva a gala y con megáfonos su condición de verso suelto. Son muchas las mazas en equilibrio en el aire. Podría haberle salido mal pero, a nivel de proyección, imagen y trayectoria, el juego responde. O lo mismo, podrían decir sus detractores, el juego responde pero no es más que un malabarismo en una pista de tres circos. Humo y espejos.

Para los expertos en política y comunicación, el alcalde de Cádiz resulta un fenómeno muy curioso. Tiene carisma. Es icónico. Y es -todos están de acuerdo- una rara avis dentro del panorama político nacional.

"Desde Madrid -explica el periodista de La Sexta, José Yélamo-, el alcalde de Cádiz es un personaje muy interesante. Todo lo que supuso el nacimiento de Podemos fue periodísticamente muy interesante, ese plantar cara a los partidos tradicionales. Sólo que el discurso de 'No somos la casta, somos diferentes', se le agotó a Podemos en el momento en el que llegó a las instituciones, mientras que tanto Kichi como Teresa, los dos, siguen en ese espíritu. Echamos de menos que se ponga más en directo, cuando además pensamos que se desenvuelve muy bien en las entrevistas, que nunca pierde la calma y es buen orador".

Deseo de ser piel roja. Deseo de ser punk. Nostalgia de ser pop.

"En aquella reunión de los ayuntamientos del cambio, Kichi era una especie de estrella del rock, con un montón de gente alrededor, saludando a todo el mundo... -recuerda el escritor y especialista en marketing digital Javier López Menacho-. Nada que pudiera acercarse, por decir, a la gente de las mareas gallegas o de Bildu. Y el binomio que forma con Teresa Rodríguez tiene algo de age que lo hace icónico".

"Tiene una marca que todo el mundo valora -continúa Yélamo-, no ha tenido ninguna gran decepción con su gente, con la ciudad de Cádiz. En las grandes cuestiones, siempre va a dar algún titular, como el de pan o paz con las corbetas”.

Una marca, una manera de hacer, un estilo, propios del nuevo ecosistema político que supuso 2015: el movimiento sísmico que permitió “ocupar espacios a gente que no venía de lo que entendemos como política profesional -desarrolla Pablo Simón desde Politikon. Eso no significa que no procedan de un marco político porque sí que lo hacen, sólo que desde el activismo o el sindicalismo". Un fenómeno -prosigue Simón- que "sí se había dado en otros lugares de Europa, siempre a través de partidos protesta, como el caso del cómico Jón Gnarr, en Islandia, que fue alcalde de Reikiavik presentándose con algo llamado el Mejor Partido".

Kichi como icono pop Kichi como icono pop

Kichi como icono pop / Miguel Guillén (Cádiz)

Pero estamos hablando de Cádiz, no del ámbito escandinavo. Cádiz, la vetusta ciudad que duerme la siesta y ronca bien fuerte. "Dentro de las alcaldías que alcanzaron las confluencias, Madrid y Cádiz coinciden con algo especial: es la primera vez, desde 1995, que tienen a las izquierdas en el poder", apunta Pablo Simón. López Menacho indica también otra similitud con la plaza madrileña, la eclosión a partir de un fuerte antagonismo: "Con la llegada de los ayuntamientos del cambio, el discurso de la casta queda ya integrado en la sociedad y la vida política se polariza. En Cádiz, el juego de contrastes lo dan Kichi y Teófila; en Madrid, Manuela Carmena y Esperanza Aguirre".

Por su parte, José Yélamo destaca una "especial habilidad" en el alcalde de Cádiz para llevar su discurso "al extremo. Se podría decir que es brillante en eso: no ha decepcionado nunca a su elector. Cuando se ha metido en debates públicos, se ha puesto siempre del lado de su gente, a quienes incluso llega a poner por encima de los líderes de su propio partido, a riesgo de perder el contacto con ellos. No le ha importado pagar ese precio porque sabe que le renta".

Pero si José María González critica el chalet de Galapagar o defiende las corbetas sin dar un paso atrás respecto a la línea marcada por Podemos es porque "puede permitírselo", indica Pablo Simón: "Una característica curiosa de estos nuevos candidatos es que no venían encuadrados bajo el rodillo partidista: una decisión de Podemos que fue criticada pero a la que ahora todos alaban el sentido de perspectiva -desarrolla Simón, doctor en Ciencias Políticas por la Pompeu i Fabra-. Con la ventaja de que cada confluencia se adapta a la idiosincrasia local (algo que desde una organización central son incapaces de hacer) y que, al mismo tiempo, les permite a los candidatos ser más autónomos y estar refugiados de las polémicas nacionales. La continuidad de Kichi depende de los gaditanos, y sus ambiciones no están en un partido de corte estatal. Sabemos, además, que la base de la que surgió Cádiz es muy autónoma, muy encuadrada en Anticapitalista. Eso permite que pueda colocarse en posiciones más cómodas y defender sus intereses desde la cercanía. Asume sus propias contradicciones".

"La figura de Kichi -explica Javier López Menacho- surge de dentro de Cádiz, y tiene algunas características que son poco comunes en la izquierda (y a las que la izquierda ha renunciado: el tema religioso o las manifestaciones populares). Kichi representa bastante bien al pueblo llano, conoce muy bien la idiosincrasia gaditana: disputa la Semana Santa, el Carnaval y todos los espacios públicos que se habían abandonado -continúa-. Tanto en su formación como en su desarrollo, viene de muy abajo y de lo público".

Es la afinidad, estúpido. López Menacho destaca, además, el desarrollo de un discurso capaz de vindicar lo local sin abandonar la base de denuncia social que lo define. Una tercera vía que se resuelve a través de la recuperación de "la patria local, la andaluza, que estaba fuera de juego y se ha revitalizado un poco, y que él apuntala con cosas como la copla del 4 de diciembre, la figura de Blas Infante..."

"Sus mensajes son muy claros y pasionales. La crítica más fácil, aquella de la que se acusa a los alcaldes del cambio, es el populismo -continúa Yélamo-, pero creo que él no ha pasado esa línea. Ha aprendido con el tiempo y se mantiene en un equilibrio inteligente entre lo que quiere escuchar su electorado y lo que quiere conseguir políticamente".

Mazas en el aire.

"No, no parece maquiavélico, ¿verdad? Claro, todo ese encanto podría ser sólo una trampa y entonces estaríamos hablando de un absoluto campeón de la estrategia", el filósofo   Ferran Caballero firma el ensayo Maquiavelo para el siglo XXI y, para explicar el por qué del gancho del alcalde de Cádiz, apunta al desprestigio de los "sobradamente" preparados: "Con el caso de los másters, estamos viendo precisamente lo alto que llegaba el desprecio por los políticos que presumen de títulos y conocimiento. Ese clima hace posible el surgimiento de personajes como él".

"Kichi resulta simpático cuando lo escuchas y parece honrado. Recuerdo que al principio de su mandato se le acusaba también de alguna irregularidad en su formación... Fue la única vez que hemos coincidido: le afectó muchísimo, pero su reacción no era porque pudieran dudar de su preparación... ¡era porque podían dudar de su palabra!".

Pablo Simón lo refrenda: "Si un político de corte tradicional, digamos como Teófila, te dice que algo es de una determinada manera, o que no se puede hacer, puedes creértelo o no, o dejas un espacio para la duda... Si te lo dice el Kichi, tú te lo crees".

"Aunque parezca una simpleza -continúa Ferran Caballero-, hoy en día vivimos un desprestigio de los conocimientos técnicos, que son básicos para gobernar bien, y ser honrado, en comparación, parece un mérito extraordinario. Y está surtiendo efecto. Mira, aquí en Catalunya, cuando subió Convergència dijeron: traemos un catedrático de Harvard, a un directivo de Sanidad... Y luego, el de Harvard dejó un agujero que no hay quien lo tape, el otro privatizó la Sanidad... es normal que la gente esté escamada. En comparación, moralmente, parecen irreprochables".

Por eso, opina Ferran Caballero, los demás partidos deberían "tomar nota y volver a un discurso moral de la política: la superioridad de conocimientos y la preparación siguen siendo necesarias pero parece que no lo son tanto. Muchos políticos deberían comprender que no hay que entrar en el populismo, hay que entrar en la realidad”.

Y, ¿cuando se agote el discurso de simpatía y brújula moral, cuánto recorrido queda? “Uy, hay discursos que puede parecer que se van a agotar rápido, pero que se retroalimentan de continuo: fíjate en el nacionalismo”.

El gran reto -indica Pablo Simón- es acotar el desacople entre las expectativas y el proceso, inevitable, de asimilación: "¿Recuerdas cuando Kichi fue a comprarse una americana?".

En Eutimio, todos lo recordamos: gran jugada que hizo de la necesidad, virtud. "Fue exactamente lo mismo que les ocurrió a los Verdes alemanes -continúa Pablo Simón-. En su momento, el primer ministro que habían conseguido los ecologistas fue a jurar su cargo en zapatillas de deporte, sí, pero ya entró en el gobierno con corbata... Les ocurre a todos los partidos de movimiento, que quieren ser muy de base, pero cuando llegan a la administración tienen que vérselas con tomar decisiones operativas, con desencuentros, decisiones ejecutivas... Es un aprendizaje para todos, tanto para la nueva política como para el electorado, de que no siempre se puede hacer todo lo que te hubiera gustado. Y a ver hasta qué punto es verdad eso que prometías: hasta qué punto, una vez dentro del engranaje, puedes bailar de una manera distinta".

Para los expertos en política y comunicación, el alcalde de Cádiz ofrece una imagen carismática. Para los expertos en política y comunicación, el alcalde de Cádiz ofrece una imagen carismática.

Para los expertos en política y comunicación, el alcalde de Cádiz ofrece una imagen carismática. / Miguel Guillén (Cádiz)

En el fondo, no está muy lejos de la reflexión que realiza el periodista Carlos Herrera: “Kichi comenzó su mandato con esas pirotecnias de gestos que gustan a todos los alcaldes del cambio, que creen que el cambio es colocar una foto de Salvochea en el despacho. Y luego, como todos, se ha topado con la realidad: y la realidad te lleva por sitios por donde no tienes más remedio que ir, como cuando quiso evitar presencialmente un desahucio. La vida está organizada y tiene reglas desde mucho antes de que los alcaldes del cambio, muchos de los cuales tienen una importante cantidad de cuento, llegaran al poder. Kichi es pintoresco, y lo pintoresco siempre se da a conocer”, indica Herrera, que apunta que aún no ha “tenido el gusto de hablar con el alcalde de Cádiz”, aunque le desea “toda la suerte que pueda tener”.

"Como todos los recién llegados a política, Kichi ha vivido un proceso de adaptación. Entró con mucho ímpetu y creo que hubo un momento en el que se vio abrumado, para ir cogiendo equilibrio ahora, al final de la legislatura -desarrolla López Menacho-. Ahora sí que creo que mide bien cada gesto. Eso le quita algo de naturalidad, pero pienso que en general ha mantenido bastante bien el aspecto comunicativo".

Ímpetu. Es cierto que todos hemos visto a niños más contenidos ante los charcos: hubo un momento de paroxismo, al año de llegar al cargo, en el que coincidieron un paseo a media asfixia con Ana Pastor, declaraciones polémicas sobre Otegui y comparación del SAS con la Sanidad venezolana-. Desde entonces, el alcalde de Cádiz comprendió (o le hicieron comprender) que tener la lupa de continuo sobre la piel puede quemarte. "Kichi ha aprendido a medir muy bien sus apariciones -comenta José Yélamo-, se expone cuando a él le interesa y en las condiciones que considera adecuadas".

Dentro de lo arriesgado que es hacer en este momento una apuesta, la de José María González es, para el politólogo Pablo Simón, una de las "alcaldías más asentadas" de la llamada nueva política. "Santiesteve, en Zaragoza, ha tenido muchos problemas; en Madrid, Carmona es claramente la primera fuerza pero puede que tengamos el curioso caso de que una división entre la izquierda le impida salir a flote; y con Ada Colau no se sabe, puesto que el Procés lo contamina todo".

"Kichi es un representante de lo que podríamos llamar la llegada del cambio -continúa-. En las elecciones de 2015, el carácter de la abstención cambió y se produjo un recambio de las élites en muchos lugares. Sectores muy desmovilizados salieron a votar porque vieron que podían tener una opción con la que se identificaban", explica Pablo Simón. "Todo esto permite una cosa muy importante: ejecutar lo que hasta el momento era una hipótesis, y no sabías si era viable porque, hasta que no haces algo, no sabes si funciona o no. Qué se puede o no se puede hacer, en este caso, desde la política local, es un aprendizaje enriquecedor tanto para el que participa como para los ciudadanos".

¿Cuál es la forma correcta de hacerlo?, podría ser la pregunta. ¿Para estar en política hay que renunciar a una vida propia o puedes conciliar? ¿O eso indica que no te preocupas lo suficiente? ¿Has de recibir a la Fruit Company o no tienes por qué hacerlo? ¿Pero sí a quien contrata las corbetas? ¿Eres ateo pero fiel a tu Cristo, un Cristo, no cualquier Cristo? ¿Cuál es la forma correcta de hacerlo? Todo eso es política. Tal vez, como dice la actriz Daniela Vega, la clave no esté en preguntarse por qué. La clave está en decirse por qué no.

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