Día de Andalucía

28-F, Semana de Pasión

  • La crónica evoca aquellas jornadas determinantes para la historia moderna de la región, escrutadas por los ojos de un periodista veinteañero

Pintada a favor del sí en la campaña del referéndum de 1980. Pintada a favor del sí en la campaña del referéndum de 1980.

Pintada a favor del sí en la campaña del referéndum de 1980. / D.S.

“El 28 de febrero es la fecha más importante de la historia moderna de Andalucía. Todos los pueblos andaluces deberían rotular una calle con esta fecha”. Eso sí que es visión de futuro. Lo escribía Manuel Clavero Arévalo en el libro Hacia una Andalucía Libre (Edisur), que apareció el mismo año del referéndum. Clavero tituló su colaboración 1980. Un año importante para Andalucía.

Clavero decía que la vía del 151 era como viajar a París por autopista y la del 143 por secundarias

Por orden alfabético, el primer ministro de la democracia que presentó su dimisión aparecía detrás del psiquiatra Carlos Castilla del Pino. Aquella pregunta era de locos, ciertamente. Detrás del catedrático de Derecho Administrativo que había sido rector de la Universidad y llegó al Gobierno el mismo año de 1977 que fue rey mago en la Cabalgata del Ateneo, aparecía mi nombre en la nómina de firmas. Un privilegio y un honor para un periodista casi imberbe, un manchego al que había doctorado en andalucismo el genial Emilio Lemos Ortega, un rara avis del pensamiento liberal, apóstol en Andalucía del georgismo, los postulados de Henry George.

Dicho libro, con un pueblo blanco en la portada, como la Grazalema que hechizó a Pitt-Rivers, tenía un prólogo de Plácido Fernández-Viagas y un epílogo de Rafael Escuredo. Los dos primeros pesidentes de la Junta de Andalucía. El primero, que había sido el senador con más votos de toda España, era ninguneado por los gobernadores civiles y su poder se reducía a un modesto despacho en la Diputación de Sevilla. Un Plácido casi de Berlanga al que sólo le faltaba un isocarro como el de Cassen a modo de coche oficial.

En dicho prólogo, Plácido bromeaba con el desdén de un político respecto al artículo que iba a permitir que Andalucía eligiera una autonomía de primera. “¿El 151 de qué ley?”, preguntaba su interlocutor. “Eso me recuerda”, escribía el primer presidente de la Junta, “el chiste del cateto que llega a la capital a visitar al médico y pregunta a un guardia por la dirección: ¿Dónde queda la calle 18 de julio?. Y contesta el guardia: ¿18 de julio, de qué año?”. En términos muy gráficos, Clavero explicaba que la vía del 151 era como viajar a París en autopista y el 143, el que defendía el Gobierno de Adolfo Suárez, equivalía a hacer ese camino por carreteras secundarias.

Yo cubrí el 28-F con 22 años. La mitad del equipo que hace cuarenta años cubrió esa jornada histórica para El Correo de Andalucía nos hospedábamos en la pensión de Inés, en la calle Don Alonso el Sabio (antes Burro), situada junto a las Siete Revueltas entre las calles Puente y Pellón y Pérez Galdós, donde entonces se encontraba la sede de UGT. En la pensión de Inés nos alojábamos Paco Rosell, en la actualidad director de El Mundo, y Antonio Lorca, crítico taurino de El País. El equipo de redactores del 28-F lo completaban Marta Carrasco, Pepe Guzmán, Pepe Álvarez y José Luis Bonilla. Coordinados por Juan Holgado Mejías, el subdirector del periódico, que ese día entrevistaba a los publicistas Antonio Cascales y José María Zafra.

Un mes después, iba a disfrutar de mi primera Semana Santa. Fue gracias al autobús del Ceuta, que el Domingo de Ramos había jugado contra el equipo de mi pueblo, el Calvo Sotelo de Puertollano, y me vine con ellos a Sevilla. Pernoctaron en el hotel Fleming, en la Puerta Carmona, y yo fui caminando hasta la pensión, topándome en la Encarnación con el paso de la Cena, mi estreno cofrade en Sevilla.

Nunca desde entonces la política ha vuelto a vivirse con el mismo entusiamo

El 28-F fue una interminable Semana de Pasión. Nunca desde entonces la política ha vuelto a vivirse con ese entusiasmo. Una pasión que hoy, con ese lenguaje tan impersonal al que nos hemos acostumbrado, llamaríamos transversal, porque se contagió a todos los estamentos: a la literatura, con el fenómeno pasajero de los narraluces; a la música, con la relevancia nacional del rock y el flamenco, hilo musical de Carlos Cano, Triana o Lole y Manuel; a la propia Iglesia, con personajes como José María Javierre, andaluz adoptivo, un aragonés que llegó a Sevilla desde Munich y dirigió el proyecto de la Gran Enciclopedia de Andalucía; al cine, con los trabajos de Gonzalo García Pelayo, Juan Sebastián Bollain o Pancho Bautista.

Cuatro décadas después, es difícil obviar un macabro contrapunto de aquella euforia. En 1980 ETA rozó los cien asesinatos, siendo el año más sangriento de toda la historia de la banda terrorista. Su forma de entender el proceso identitario era bien diferente. De ese casi centenar de víctimas mortales, 18 fueron andaluces, 19 si consideramos andaluz consorte a José Ignacio Ustaran, un industrial vitoriano que estaba casado con la sevillana Charo Muela, que era concejal de UCD en el Ayuntamiento de Vitoria y regresó a Sevilla con sus hijos tras el asesinato de su marido el 29 de septiembre de 1980.

Cuando se celebró el referéndum del 28 de febrero, ETA ya había asesinado a 18 personas en lo que iba de año, incluidos cuatro andaluces que nunca pudieron ejercer el derecho al voto ese día: el policía nacional Juan Manuel Román Moreno y los guardias civiles Francisco Moya Jiménez, José Gómez Martiñán y José Martínez Pérez-Castillo.

El primer aniversario del 28-F quedó eclipsado por la estela de la intentona golpista del 23 de febrero de 1981.

En 1980 tuvieron lugar los Juegos Olímpicos de Moscú, que boicoteó Estados Unidos y con él otros 57 países. Cuatro años después el bloque del Este haría lo mismo con los Juegos de Los Ángeles. Faltó a Moscú 80 Alemania Occidental, pero sí estuvo, nueve años antes de la caída del muro de Berlín, Alemania Oriental. Las nadadoras de ese país se llevaron el oro en nueve de las once pruebas individuales, una escuela de sirenas que con el tiempo despertaría todo tipo de suspicacias.

La Real Sociedad perdió en el campo del Sevilla la Liga de la temporada 1979-1980. Los donostiarras, entrenados por Alberto Ormaechea, la ganarían los dos años siguientes, 1981 y 1982, año del Mundial de España y el triunfo socialista en las elecciones. El Athletic de Bilbao de Clemente completaría el cuatrienio del fútbol vasco de triunfos, incluido un doblete con la Copa que le ganó al Barcelona de Maradona.

Los ayuntamientos democráticos se habían constituido tras las elecciones municipales del 3 de abril de 1979. El de Sevilla tomó posesión en plena Feria. Las corporaciones locales fueron esenciales para cruzar el Rubicón del 28-F. Una pelea a garrotazos dialécticos entre dos artículos de la Constitución. Ganó el 151, cuatro dígitos más abajo que el 155 que saldría a la palestra en 2017.

El sueño del autogobierno andaluz luchaba entonces contra un solo centralismo, enunciado en aquel libro que Antonio Burgos –nombrado el pasado lunes Hijo Predilecto de Andalucía– tituló Libelo contra Madrid. Cuatro décadas después, a ese pulso se han añadido otros dos centralismos periféricos, el vasco y el catalán.

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