La Voz Invitada

Aunar desarrollo agrario y protección ambiental, el reto

  • El catedrático comienza una serie de artículos que se publicarán los primeros martes del mes

Andrés García Lorca Andrés García Lorca

Andrés García Lorca

Inicio bajo este título, una serie de reflexiones y comentarios sobre la realidad de la situación y de los procesos que han determinado el modelo y funcionamiento de los sistemas agrarios andaluces y su relación con el medio ambiente; relación en absoluto artificiosa ya que se rige por el principio de causalidad, pues no podemos negar que la actividad agraria tiene efectos sobre el medio ambiente, que serán positivos o negativos según sea la naturaleza de la causa, es decir del tipo y forma de desarrollar una determinada actividad agraria.

Es por ello que se hace imprescindible considerar siempre, esta relación agricultura y medio ambiente como garantía para el desarrollo del proceso hacia la sostenibilidad. No considerar esta relación en el desarrollo de las políticas institucionales y en la gestión de las actividades agrícolas es una manera segura de provocar daños irreparables al sistema natural y en consecuencia a las poblaciones humanas.

Pero también puede ocurrir una inversión de la relación entre agricultura y medio ambiente, cuando tratamos de limitar irracionalmente el desarrollo de las actividades agrarias por causa de un mal entendido proteccionismo del medio natural, lo que determina, cuanto menos, generar un desequilibrio entre la población y los recursos, siendo sus efectos el despoblamiento y el desarrollo de procesos desertificación.

Se admite, que conciliar la ordenación de los recursos naturales y la gestión de los mismos, exige coherencia, coordinación y conocimiento. Coherencia entre los actores sociales, coordinación entre las instituciones y conocimiento integrado de la realidad territorial; de ahí la importancia de desarrollar modelos políticos y acciones institucionales, que faciliten la cohesión social y potencien las capacidades de los diferentes actores del proceso, a la vez que se posibiliten flujos abiertos de comunicación y opinión.

Paralelamente es necesario vertebrar de forma realista y eficiente, la coordinación institucional e intersectorial con procesos más horizontales en la toma de decisiones; y por supuesto, siempre teniendo como referencia un conocimiento integrado de la realidad territorial, científicamente ajustado y abierto a la innovación.

En el caso de Andalucía y en los momentos actuales, tenemos que actuar teniendo como referencia clara, a la hora de considerar los modelos agrícolas comerciales, aquellos que, garanticen el desarrollo humano y en consecuencia la sostenibilidad, así como también la realidad que impone la globalización. Ello exige una visión geoestratégica de los actuales sistemas productivos agrarios que implica, una adaptación a modelos de producción en consonancia con la realidad socioeconómica y el equilibrio medio ambiental, a la vez que se establezca una definición de mercados que permita y garantice una presencia comercial activa en los mismos, basada en la calidad y competitividad de los productos remitidos. Este proceso no es pura utopía, es una necesidad imperativa y realizable; y es ahí donde está el reto.

Pero también en Andalucía existen otros modelos agrícolas, vinculados a los regadíos tradicionales e incluso a los secanos con aprovechamiento de las aguas de escorrentía con terrazas de cultivo que, si bien en la actualidad, o están abandonados o constituyen formas de agricultura de recreación e incluso sirven como apoyo de economía complementaria, pero que presentan ya un serio riesgo de extinción. Estos modelos, históricamente, han generado recursos básicos para el sustento de las poblaciones, pero en la actualidad no alcanzan un mínimo nivel de rentabilidad que asegure su continuidad. Pues bien, este modelo de agricultura tradicional cumple una función esencial en la conservación del medio natural. Su crisis y riesgo de extinción produce pérdidas irreparables en la preservación de los suelos y en general de la biodiversidad; su abandono da paso a un fenómeno tan grave como es la desertificación, es decir, la pérdida de la capacidad productiva de los suelos. Pero también determina la pérdida de paisajes culturales y de valores identitarios de las comunidades que los habitan, facilitando el desarraigo y los procesos de abandono poblacional.

Es por ello que una acertada política de gestión agrícola y ambiental, deba de poner en valor y asegurar la pervivencia de estos modelos de agricultura tradicional, no tanto desde la perspectiva de un modelo de agricultura comercial, si no como un bien de capital con valor de mercado que es necesario valorizar. Ello implica invertir en mantener el modelo, por considerarlo como capital medio ambiental, pues de él se derivan muchos beneficios para el conjunto de la sociedad y del territorio en general.

Parques Naturales

Esta dimensión se hace especialmente significativa, en los ámbitos territoriales definidos por determinadas figuras de espacios naturales protegidos, como es el caso de los llamados “Parques Naturales”; en ellos se advierten esta contradicción real, pues la protección pone en riesgo la conservación, aunque figure en su filosofía como una alternativa al desarrollo sostenible, pero la realidad es evidente y no evidencia mejoras sustanciales en el desarrollo socioeconómico y, en demasiados casos, mejoras ambientales constatables.

Como resumen podemos significar, que la búsqueda y solución de la dimensión ambiental de la agricultura, de su eficiencia productiva y socioeconómica, como ya hemos señalado, es compleja y no es abordable con una política agraria de marcado carácter sectorial y menos aún con determinadas políticas sociales, como puede ser el llamado “Plan de Empleo y Fomento Agrario” (PFEA); es algo más y que exige claridad de ideas y unidad de acción institucional. Hemos perdido en muchos casos, tiempo y recursos, pero es posible otra forma de abordar el desarrollo agrario y la necesaria protección del medio ambiente.

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