Un paisaje cofrade perdido

  • hace un año. Sólo ha transcurrido una Semana Santa y hemos perdido uno de los lugares donde las cofradías se hacen ciudad integrándose en su paisaje, en Santa Fe se dejó escapar su encanto

Buscamos la referencia en el tiempo para ver la evolución de las cofradías: 25, 50, 75, 100 años, vienen casi siempre marcando los anales. Pero en esta ocasión no ha hecho falta que pasara tanto tiempo, sólo un año, el que va de un Domingo de Ramos a otro, de aquel del 28 de marzo de 2010 al 17 de abril de 2011. En este tiempo breve se ha producido un cambio consustancial en lo que supone las cofradías en la calle, que es integración en el espacio urbano haciendo suya las calles ofreciendo al Dios bueno y generoso que sale de las iglesias para encontrarse con Huelva, con su gente. Lo hace en aquella esquina que se recuerda de niño, tras la celosía del balcón, en la plaza, en cualquier tramo del barrio perdido. La ciudad es el marco perfecto para las cofradías. Ella está ahí, no hace falta vestirla de telas como una carrera oficial, ella en sí misma es el trayecto que tiene que recorrer. Por el Barrio Obrero, integrándose en un paisaje que la hace única, bajando por la rampa de San Sebastián, que será siempre la rampa aunque ya no sea de madera, con el fondo de los cabezos del Conquero, con la brisa de la calle Marina cuando el Señor despierta a Huelva tras la Madrugada eterna, la señorial casa de la condesa de Moras Claros que se hace palio con los Dolores de Vera Cruz, sin olvidar aquella esquina íntima hasta descuidada con cal de una vieja casa. Esta es la ciudad que Huelva ofrece a la Semana Santa para hacerse Jerusalén de algarabías, de repiques de campanas en la parroquia mayor de San Pedro con el Señor de la Borriquita o cuando enmudece al depositarse al Cristo Yacente en su urna.

Esta es la ciudad, sin ella no habría Semana Santa, sin sus calles, sin su gente, sin la brisa de la Ría que llega por la tarde, sin la luna de la Parasceve que nos invita a una mirada marinera para ver qué tiempo nos deparará durante las procesiones. Una ciudad con aroma a Primavera y a Semana Santa, con azahar por la calle; dejen el ligustrum para paisajes insípidos, no maltraten Rafael López ni Santa Fe ni Puerto ni el pasaje del Cristo de la Sangre. Dejad que Huelva se emborrache del aroma más cofrade que ofrece la ciudad.

Sólo un año ha pasado, de un Domingo de Ramos a otro, y hemos perdido gran parte del alma cofrade de la ciudad. Desde finales del siglo XIX las palmeras fueron creciendo en Santa Fe, formando esa corte especial para el Domingo de Ramos cuando el Señor de la Borriquita bajaba desde San Pedro, era la estampa misma de la Jerusalén de Huelva tantas veces pregonada, o daban escolta al Señor Cautivo, centinelas del Señor de Pasión, o se entrelazaban al ser Descendido o eran quietud junto a la Urna del Señor Yacente.

El picudo rojo ha acabado con este paisaje, ¿pero se valoró bien lo que supone un espacio como este para la ciudad? ¿Lo habremos dejado perder?

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