Tras la Cruz de Guía

El cansancio aprieta. Tantas horas de estación de penitencia que ya he perdido la cuenta de cuántas llevamos andando, cuántas paradas, emociones y reflexiones. Casi sin darme cuenta hemos llegado al final. Nadie podría imaginar que en esta vacía calle en tan sólo unos minutos no cabrá un alfiler, los claveles y los pétalos brotaran con júbilo de los balcones, símil de las oraciones que nacen de los corazones de tantos vecinos detrás de esa reja cualquier día de calor en verano y de lluvia en invierno. Algunos corren con prisas para ver a la Virgen subir al barrio, todavía hay tiempo, irá por el Matadero. Hace frío, la humedad que provoca la ría cae cuando la noche deja las calles con el silencio previo de lo que está por llegar. Y entre tanto pensamiento de soledad, de petalás, de prisas y silencio me interrumpe mi padre: "Aguanta la Cruz, que tengo que salirme un momento". Aguántala dice, cómo si fuera tan fácil llevar tu Cruz. Son muchos años, la salud aprieta, aunque tengamos la inmensa suerte de que nos acompañe cada día de nuestra vida. A mis pensamientos se une esta frase. Me sabe a final, a cansancio y fin de una etapa.

Apoyo mi frente en el frío carey y una mezcla entre humedad y sudor me moja la cara. Cuántas veces lo habrá hecho él durante todos estos años y cuántas Jesús, en su camino al Monte Calvario, ahogado por el peso de nuestros pecados y alentado por el eterno deseo de la salvación del mundo.

¿Dónde se habrá metido? Mira que va a venir la diputada para que avance y no está. ¿Y si lo relevo yo cuando sea mayor? ¿podré hacer el recorrido entero cargando con una cruz que es mucho más grande y casi tan pesada como yo? No sé, quizás algún año me lo proponga. Sería una bonita herencia, aunque todo el mundo piensa que es el peor sitio porque "no ves nada". Si ellos supieran que no hay mejor perspectiva que ésta, desde la Plaza del Punto para ver cómo la Alameda Sundheim se llena de capas azulinas y poder, con suerte, divisar los reflejos plateados del paso de Nuestro Señor de entre los árboles mientras cruza el arco del barrio Reina Victoria. O más adelante tener la suerte de presenciar la visita anual de Nuestra Señora de la Esperanza a las Hermanas de la Cruz, eternas camaristas que miman como sólo merece la Madre de Dios. Cuando la tarde cae y la luz disminuye, comienzan a encenderse los primeros cirios. Los nazarenos más pequeños juguetean con las primeras gotas de cera mientras otros acuden impacientes a recogerlas con sus bolas para teñirlas de azul. Y al mirar al frente, ver al hijo de Dios entrar imponente en la Placeta, acompañado siempre de luces nuevas, miradas llenas de ilusión, la juventud en perfecta sincronía con la experiencia y el buen hacer.

"Avanza Cruz de Guía." Me cuesta volver a la realidad y darme cuenta de que mi padre aún no está y hay que andar. No, no tengo más opciones que cogerla en peso y seguir. Hace sólo unos minutos dudaba de si sería capaz de hacerlo en unos años y todo se ha adelantado. Puedo porque Él quiere que pueda.

Sé que volveré a ocupar ese lugar, tarde o temprano, porque todo se resume en esto: coger su Cruz cuando no le queda más remedio que pararse a descansar, con la ayuda de lo aprendido durante tantos años. Llevar su apellido como él lleva mi cruz.

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