OPINIÓN. EL BOLSILLO POR JOSÉ IGNACIO RUFINO

Nos la dan con queso

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Un tórrido agosto de una Cazalla de la Sierra ajena a la olimpiada de Múnich gracias al vulnerable repetidor de Guadalcanal, alguien, probablemente aburrido por el insomnio y la lentitud de la siesta, abrió la puerta de la jaula a mis dos flamantes bengalíes, que eran todo un privilegio de exclusividad para un quinto de familia muy numerosa. Habré llorado pocas veces como aquella tarde, en la que sólo mi madre fue capaz de calmarme con la idea de que a lo mejor volverían a la jaula aquellos dos pajaritos, que mudaban de colores, siempre exóticos. Como de hecho hicieron; un suceso mágico que sólo podría comparar con el penalti que Esnaola le paró a Iríbar apenas cinco años después. Esta semana, al escuchar la noticia de que Luke Pittard, un joven de veinticinco años, decidió volver a trabajar en un McDonald’s “por añoranza” tras tocarle una fortuna en la lotería, me he acordado de aquella tarde azarosa. Presos quizá de un repentino Síndrome de Estocolmo laboral, Luke y su reciente esposa, también dependienta de la ubicua cadena, vuelven al hogar cada noche impregnados en su aroma preferido: el de los efluvios de las hamburguesas y las patatas fritas de batalla. Yo creía que, con visera, sólo trabajaba un tipo de millonario, el golfista de élite. Pero no es así: también están los Pittard.

Ante este hecho, es inevitable tirar de dicho popular. Dios da pañuelo a quien no tiene mocos o, como dicen que dijo el Guerra, maestro cordobés del toreo, al conocer la profesión del filósofo Ortega y Gasset, “hay gente pa to”. E incluso debemos corroborar definitivamente que, como las investigaciones cerebrales han confirmado esta semana, el amor es ciego, también el laboral. Pero podemos indagar un poco en los inescrutables caminos de la motivación en el trabajo.

Evidentemente, este improbable y domesticado Lucky Luke –que te pregunta por pura vocación si el menú infantil va con petit suisse o con actimel– no tiene un perfil emprendedor. O no se lo han sabido inculcar de chico, vaya usted a saber. Tampoco parece un inversor nato, desde luego. Este hombre, más bien, parece moverse por la necesidad de estructura, seguridad y rutina en su vida, y por conservar esas amistades de la cocina rápida, que al parecer son más sólidas incluso que las de la mili (cuando era la mili). Prefiere viajar cada día a su, digamos, restaurante en Cardiff que administrar su patrimonio desde su yate en Sotogrande o su apartamento de lujo en el Mayfair. Como él mismo declara sin rubor, “me encanta trabajar en McDondald’s”. Conste que ha intentado dedicarse al dolce far niente un tiempo, a la vida fácil rodeada de lujos y placeres. Pero eso no es para él, que es sin duda un tipo original: ha aplazado su luna de miel para poder terminar la liguilla de aficionados en la que juega de portero. Ronaldinho, aprende.

Pittard pasa mucho de la necesidad de logro, de la de autorealización y de la de poder, y también se la trae al pairo “mi trozo de queso” y otras metáforas de los libros de autoayuda y crecimiento personal. De acuerdo con que no es lo mismo decidir trabajar que tener que trabajar, y que esta pareja atípica siempre tendrá el as en la manga que supone poder decirle al supervisor pejiguera “ahí te quedas”, y tirar el delantal con suficiencia, como en un anuncio de la ONCE. Pero, sea como sea, la cosa no se comprende.

Por eso, y a pesar de lo dicho, yo no puedo dejar de ser malévolo en este caso. Algo huele a podrido en el País de Gales. ¿Y si resulta que la todopoderosa cadena de comida rápida está detrás de esta noticia, y ha llegado a un acuerdo con los Pittard para hacer desarrollo de marketing del tipo “todo el que la ha visto, vuelve”? ¿A ver si no vamos a estar ante un genial truco publicitario? En ese caso –y sobre todo si la idea ha sido del supuesto camarero nato–, yo me quito el sombrero y hasta estoy por ir a pedirle una con queso. Y es que me da a mí que este pájaro no dice la verdad sobre por qué vuelve a la jaula…

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