OPINIÓN. A CIENCIA ABIERTA

El corazón del Universo

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No le sorprenda al lector que para un físico nuclear como yo el núcleo atómico sea el corazón del Universo y por ello lo más fascinante de la naturaleza. Esta petulancia generalizada de los científicos al hablar de su especialidad es tan inofensiva que apenas puede provocar más que una sonrisa. Además, ya la excusó don Antonio Machado: “A las palabras de amor les sienta bien su poquito de exageración”.

La armonía del átomo es monárquica y la del núcleo es colectiva y popular, por eso es algo caótica y muy compleja. El átomo tiene un centro a modo de rey, el núcleo, que es el que gobierna el movimiento de todos los electrones por la fuerza electromagnética que emana de él. En el núcleo no hay centro ni nada que se le parezca, por lo que allí cada nucleón (protón o neutrón) se mueve al dictado de todos los demás. Encima, no interviene una única fuerza, sino tres. Por más que las leyes que rigen el núcleo sean las mismas que en el átomo, tratar un sistema de tantos componentes sometidos a tantas fuerzas de naturaleza distinta y sin centro que ordene y mande, es un lío.

También es curioso que la fuerza nuclear sea de muy corto alcance. Las fuerzas gravitatoria y electromagnética decrecen paulatinamente con la distancia y, en principio, tienen un alcance infinito. En el caso de la primera, recuérdese que en el Sistema Solar se fueron descubriendo planetas cada vez más lejanos y que incluso más allá de Plutón y Caronte sigue habiendo objetos ligados al Sol. En cambio, el inmenso poderío de la fuerza nuclear no llega más allá de los límites del propio núcleo. Si la Tierra fuera un núcleo atómico y nosotros fuéramos como los neutrones, tendríamos que hacer un esfuerzo titánico para ponernos en órbita y escapar así de la fuerza que nos retiene, pero si lo consiguiéramos, estaríamos en el espacio totalmente libre a muy pocos kilómetros de altura.

En muchos libros se puede leer que, debido al corto alcance de la fuerza nuclear, ésta apenas se manifiesta en los fenómenos naturales. ¡Qué barbaridad! La fuerza nuclear se manifiesta en el Sol, sin ir más lejos, y ¿hay algo más natural que eso? Las estrellas que vemos en el firmamento son portentosos calderos nucleares y en el interior de muchos planetas, como nuestra querida Tierra, bullen grandiosos mantos radiactivos que le dan calor y abrigo. Desde hace un siglo, el hombre está consiguiendo domeñar la fuerza nuclear. Al principio lo hizo a las bravas, con las odiosas bombas atómicas; después con las centrales nucleares de fisión, tan controvertidas (y esperanzadoras) ellas.

Después, el núcleo atómico empezó a dar servicio en los hospitales ayudando a diagnosticar enfermedades de todo tipo y atacando eficazmente a la más temible de ellas: el cáncer. El día que logremos domesticar la energía de las estrellas, la de fusión nuclear, entraremos en una etapa de prosperidad limpia e ilimitada. Entonces será cuando apreciemos de verdad todo lo que esconde el minúsculo núcleo de los átomos que forman la materia, es decir, el corazón del Universo.

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