OPINIÓN. ESPIRALES

En cien años, todos 'frikis'

Minifaldera, mostrando sin complejos su mollar carne trémula, alegre, arrolladora y casi convulsa, de lo más ye-yé, Massiel, con su coro y el modernísimo La-La-La, triunfa en Eurovisión nada menos que en Londres, nada menos que derrotando a un Cliff Richards que juega en casa con su Congratulations –qué mala pata–, nada menos que un mes antes de que estallara en París la revolución sin causa ni futuro. Ese abril del 68 –pueden ustedes imaginar que leen con la voz en off de Cuéntame, yo soy de la generación de Carlitos–, España celebró esta victoria como si la selección se hubiera clasificado para una semifinal de un Mundial, o más. Una gesta cargada de simbolismo, un hecho que empuja un poco más la puerta entreabierta al final de la sombra de largos años de mansedumbre y trabazón, en los que el país necesita aire y reconocimiento: Viva España, por favor. En aquellos tiempos, Eurovisión nos dio la oportunidad de hacer ver a nuestros vecinos que, a pesar del régimen, España había evolucionado social y económicamente. Tras evocadores “uaiominí, dé puá” y repentinos cortes de señal, muchos botes y abrazos se dieron en los sofás de escai aquel día: habíamos dado un triple salto hacia Europa. Gigliola Cinquetti, Cèline Dion, Katrina and the Waves, Abba; nuestros Basilio, Julio de España, Vélez, Peret, Remedios Amaya descalza a la deriva. Desde entonces hasta hoy, mucho ha cambiado España y no lo ha hecho menos Europa. Sin embargo, Eurovisión es probablemente el único referente cultural –con perdón– común que tenemos en este continente, y hasta fuera de él (Israel busca pandilla por aquí y la amiga Turquía hace valer su 3 por ciento de territorio europeo). Este referente ofrece sintomáticos rasgos de los tiempos que corren. Me voy a permitir entrar en el Síndrome Chikilicuatre.

Un freak se ha convertido en friki de una forma análoga a la que que un tipo raro que hace lo que quiere se convierte en un espabilado que se cachondea sin pudor de sí mismo y de todo lo que se mueve. Y lo hace casi exclusivamente en y para la televisión. De forma que nuestro representante en la próxima edición de Eurovisión, Rodolfo Chikilicuatre, es un friki, pero con pedigrí: lo avalan nada menos que Pedro Guerra y Santiago Segura, creadores del temazo Baila el Chiki Chiki, puede que a golpe carcajada y entre bocanadas de denso humo.

Quizá Tip y Coll, y la propia Massiel, eran unos frikis en su día, cuando todavía no se había aplicado el término a la extravagancia o a la obsesión deliberada por un asunto. Pero el friki televisivo es otra cosa, una cosa más mercantil que patológica. Un aditivo para la miríada de programas hechos con dos duros y orientados a la zafiedad y el morbo, que inundan los canales, también los públicos. El raro de turno –junto con el plumas despendolado– es la sal de la pantalla, con dientes o sin ellos, de hablar más o menos inteligible, de atuendo sicalíptico o ridículo, alguien de quien reírse eludiendo mala conciencia. Un friki de guardia que es ingrediente imprescindible del programa kleenex al uso.

Según el propio artista, la elección popular de Rodolfo Chikilicuatre es un “síntoma del sentido del humor” que campea en España. Todos haciendo el crusaíto, riéndonos cantidad, sin complejos, superdivertidos. Y eso bajo el lema de “Salvemos Eurovisión”, en vez de preocuparnos por ponernos nosotros a salvo. Con los ojos cegados y el semblante maléfico de Jorge de Burgos en El nombre de la rosa, me atrevo a decir que reírse del estrambote es el nuevo opio del pueblo. Salvemos un festival en el que no nos comemos una rosca, como en el Mundial: las uvas no están maduras; mandemos a un pintas extremo.

Si Groucho levantara la cabeza… pero eso no va suceder. Su lápida lo avisa: “Disculpen que no me levante”. Yo, víctima, tampoco me levantaré del sofá y veré el Chiki, Chiki, mientras los bálticos se compadrean los votos, los belgas inventan un idioma para eludir su esquizofrenia lingüística, y armenios, azeríes o macedonios se reivindican europeos. Quedan dos meses, pero yo no veo la hora de escuchar a los comentaristas, frikis clásicos ellos mismos: Uribarri, Bibiana Fernández y Boris, el escritor.

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