OPINIÓN. EL BOLSILLO POR JOSÉ IGNACIO RUFINO

Gutiérrez padre, que le veo...

Pero sé que esta vez seguro viene a por mí, algo tendré que hacer, sí: acabaré con él”. Si a usted le suena le suena esta estrofa de El Pistolero, canción de Los Pistones en los 80, usted tiene una edad, y puede ser examinado de aquí a poco por un evaluador de la OCDE, es decir, un tipo con gafas y entre bien y mal vestido que viene de parte del club de los países ricos del mundo. La misma institución que puso orejas de burro a nuestros estudiantes de secundaria con el Informe PISA, ingrediente de todos los autoflagelos y armas arrojadizas al adversario político en materia de educación desde hace un par de años. Pues bien, esta vez el pistolero viene a por mí, a por usted, a por los adultos: universitarios y profesionales en general. Ya no tiene tanta gracia la cosa: algo tendremos que hacer. Y acabar con él está feo, por mucho que en zurrar al profe tenemos algunos campeones.

Lo que quiere ahora la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico es hacer un ranking de los países en función de su nivel de competencia laboral. El programa en cuestión, auguro, será al menos tan popular como el de los jóvenes, y se llama PIAAC, que en español viene a ser Programa Internacional para la Evalaución de las Competencias de los Adultos, que debe ver la luz en forma de informe sobre 2011. Quiere medir cómo está la fuerza de trabajo de un país en cuanto formación académica y capacidad profesional. Para ello, nos examinarán en el sofá de nuestra casa de dominio de la lengua y el cálculo y de aptitud para el uso de las tecnologías. Algo tendremos que hacer. Nos quedan dos años para prepararnos o poner el parche.

Dolosa y granujamente, se me ocurren algunas vías de acción para no quedar peor que los cachorros. Tengamos en cuenta que es muy propio nuestro teneer buenas selecciones deportivas juveniles y unos pestiños de equipos profesionales. Si encima los más jóvenes no son buenos, sino malos... A vuelapluma, si usted resulta elegido por el muestreo estadístico, es fundamental que prepare el entorno, creando una atmósfera de conocimiento: la tele apagadita, un par de portátiles con su wifi naturalmente dispuestos por la salita, algunos libros de ensayo (nada de historias de faraones templarios y cosas así), unos manuales de sudokus superlativos al lado del Brain Train de Nintendo, unos números del National Geographic y The Economist, notoriamente subrayados. Poca cosa más: todo estaba en los libros, pero hoy día todo está en Google. Y buscando en la red, señor evaluador, le calentamos a los finlandeses, ¿quiere usted una infusión de gingseng?

Aunque, puestos a apañar el resultado, quizá lo más directo sea hacer pasar por usted a su cuñado más tecnológico o su amigo el coleccionista de masters. Es que no podemos dejar mancillada nuestra honra y pisoteado nuestro pabellón. De acuerdo que no se debe hacer trampas, pero la técnica de maquillar el resultado tirando por la calle de enmedio si hace falta no nos es ajena. Si no puedes con la causa, ataca al síntoma. Y si no se deja atacar, maquíllalo directamente. Esta semana, este periódico informaba del rechazo que, entre los profesores, había provocado el programa de la Junta para mejorar el rendimiento de nuestros centros educativos. Les parece “un soborno” la oferta de siete mil euros extra en cuatro años por “lograr los objetivos” (más aprobados). Ustedes dirán. Mientras, en Nueva York le dan el dinero al alumno de clase social cercana a la marginalidadque es capaz de sacar buenas notas, en Alemania –castigada también por el PISA–aumentan las horas lectivas, y en Brasil y México se da dinero a las familias con riesgo de exclusión social por asegurar la educación de sus hijos y su atención médica básica.

España, escaldada, de momento, no quiere participar en el programa: preferimos la natación sincronizada. Esta nueva vía de establecer países y universidades de primera o segunda –e incluso de estigmatizar fuerzas laborales completas en un mundo global– amenaza con descubrir los pies de barro de nuestra modernidad.

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