MUNDIAL DE MOTOCICLISMO

Fervor motero

  • La provincia de Cádiz es una fiesta para los 150.000 moteros que se concentran en el fin de semana del Gran Premio de Jerez. Algunos lamentan que se haya desvirtuado la concentración a causa de las exhibiciones ilegales

Cuando el jiennense José Antonio Luque logró su primera moto su padre reaccionó con humor negro. “Ya me puedes decir de qué color quieres el ataúd”, le dijo. La respuesta de su hijo fue definitiva: “No lo sé, pero quiero que sea grande, para que quepamos mi moto y yo”. Al onubense Juan José Martínez, más conocido como Jota, se le “caía la baba” con la Derbi Tricampeona familiar. Aún conserva, con orgullo, una huella: “Cuando tenía 13 años me rocé con el cilindro y todavía tengo la quemadura, en el gemelo derecho”.

Con 16 años, Pedro González, gaditano, adquirió un ciclomotor Honda, modelo PS 50 y llegó con él hasta Ubrique. “Daba la vuelta a la Bahía de Cádiz, con mi bolsa con rueda de repuesto, cámaras, alambres y cintas. Muchas veces se me paraba. No había apenas gasolineras, y mi depósito era mínimo, de cuatro o cinco litros, con lo que llevaba encima una garrafa”. El italiano Marco Masotti, residente en Huelva, tiene vivo en la memoria su primer gran regalo de Navidad, con seis años: una pequeña moto. En su caso, el lugar de nacimiento, Bolonia, es determinante. En un radio de 40 kilómetros se concentran las fábricas de Ducati, Ferrari, Lamborghini y Maserati. Todo un emporio del motor. Masotti reconoce su enfermedad. “Soy celoso. Nunca se me ocurrió prestarle mi moto a nadie”.

Son testimonios de una pasión que vive hoy en Jerez uno de sus días grandes. La celebración del Campeonato del Mundo de Motociclismo coincide con una gran concentración motera, una gran fiesta que ha convertido a la ciudad andaluza en una de las mecas de este deporte para el aficionado. Basten estos datos: el año pasado llegaron en el fin de semana del Mundial 55.000 motos y 150.000 moteros, según datos oficiales, que se concentran fundamentalmente en Jerez y El Puerto de Santa María. Unas 3.000 personas, entre guardias civiles, agentes locales y nacionales, participan en las labores de vigilancia policial.

Pero los moteros de toda la vida creen que la celebración se ha desvirtuado. Las exhibiciones en la calle, los caballitos o las quemas de neumáticos, en ocasiones con consecuencias como cinco muertos el año pasado, obligaron hace dos años a cerrar algunas zonas de El Puerto y, el año pasado, gran parte del centro de Jerez. “Son unos cuantos salvajes. Los vehículos no tienen papeles, son robados. Yo he visto prender fuego a motos, y eso es impensable en un propietario. El que la tiene sabe lo que cuesta mantenerla”, afirma José Antonio Luque. Jota es un clásico. Lleva más de veinte años, desde el primer Gran Premio, en 1995, asistiendo al circuito. “Esta vez lo veré desde una pantalla grande de televisión. Mis amigos me insistían para que fuera, pero los convencí de que no: sólo tuve que enseñarles un vídeo de lo que ocurría en El Puerto de noche. Se ve desde quads hasta piernas rotas. La inmensa mayoría no es así, pero son los que hacen ruido y llenan los telediarios”. Luque vio en directo dos muertes, pero no en Jerez, sino en Cheste (Valencia), donde “el desmadre es aún mayor”. “Fue una pareja de Madrid, que se quedó a ver cómo hacían el caballito. Una moto le dio en la cabeza al chico y se quedó estampado en la pared. Esto no nos da buena fama. Y son cuatro descerebrados”.

Defienden, por el contrario, la cultura motera, basada en la solidaridad. “No he visto ni una sola pelea en mi vida, ni una reyerta, ni un mal rollo”, dice Masotti, y Luque lo corrobora: “Somos el único gremio de la carretera que al cruzarnos nos saludamos”. Dentro de los moteros hay varios tipos. Los que viajan en Custom son “de aspecto desaliñado, tranquilos, y no suelen organizar espectáculos”, afirma Pedro González. Son los protagonistas de películas norteamericanas como Easy Rider o, más recientemente, Cerdos salvajes. Jota se declara un convertido a este credo. “Son motos que no son de gran potencia, por lo que todo es más lento, se aprecian más los detalles y sientes el viento en la cara”.

Las router son para el turismo. Pedro González viajó con una de ellas a Francia, un verano. Se hizo 80.000 kilómetros en diez días. “Me quedaba en cada ciudad un par de jornadas, porque de no ser así hubiera sido una paliza”. Luque dice ser un fervoroso partidario de las router, pero también se siente “envenenado” por las racing, las deportivas, las de gran potencia. De hecho, la primera que tuvo fue una Kawasaki de 500 centímetros cúbicos. Con el tiempo, ha comprobado que no es lo mejor para empezar. “Recuerdo que, por mi poca práctica con ella, me adelantaban por todos los lados. Muchas veces empezamos al revés: queremos la más grande, la más cara y la más bonita. Y un joven no sabe qué lleva entre manos. Ahora es peor, porque tienen hasta 120 caballos y con menos peso. Son auténticos misiles”. “Una moto no se conduce. Se pilota”, recuerda Jota.

José Antonio Luque no ha fallado ningún año en Jerez. “Cuando estudiaba la carrera, bajaba con una tienda de campaña; también he hecho la ruta por la Serranía de Ronda y Grazalema. Es como ir a Tierra Santa”. El año pasado los moteros gastaron una media de 102 euros. La menor parte de ese dinero va a alojamiento. “Lo poco que tenemos lo empleamos en la moto y en la diversión”, afirma Masotti, quien ha alquilado, con su peña los Jirafas, un chalé en los alrededores de Jerez. Sale a 45 euros por cada uno de los veinte arrendatarios. Luque, por su lado, ha hecho lo propio con sus compañeros en tres parcelas de Chiclana. Se citan, a través de los foros, en bares o en el recinto ferial habilitado junto al circuito. “Una vez allí, amarras la moto y allí se queda”, afirma Masotti. El italiano confiesa que se mueve en taxi o a pie, porque “hay una hora en la que es imposible conducir, por la cantidad de locos que hay en la carretera. Nosotros sólo queremos disfrutar un rato”.

El gaditano Pedro González es un veterano retirado. Dice que antes, Jerez era un desconocido. “Yo he estado por boxes paseando. No había masificación, ni de coña. ¡Si entonces 10.000 personas era una barbaridad! Se ha montado un gran negocio alrededor, con precios disparatados. Los vecinos tienen el cielo ganado”. Cuando llega el día de la carrera, oficialmente hay 130.000 personas. Todas sentadas. “Pero en realidad hay un millón”, afirma Jota, en referencia a las colinas llenas de gente alrededor del circuito. “Me coloco en la mítica curva de Peluqui, donde se sitúa el monumento a Ángel Nieto. Dicen los pilotos que hay tal gentío allí que incluso escuchan a la multitud jaleándolos cuando están en plena carrera”. Esa zona es el verdadero corazón del recorrido, donde los ganadores sueltan la traca final tras su victoria.

Otros, como Masotti o Luque, prefieren la X1, la tribuna desde donde se ven más curvas, la más cercana a los servicios y al bar. “Nos llevamos gambas y un jamón. El sábado en los entrenamientos nos comemos medio y el día de la carrera el resto”, afirma Masotti, quien vivió una experiencia muy distinta en el circuito Sachsenring, en Alemania. “Aquello es como Wimbledon, todo el mundo callado. Íbamos ocho y éramos los únicos que gritábamos. Creían que estábamos de bronca”. Eso sí, “no había ni una cola, con policía por todos los lados, y la organización, irreprochable”. Pero esto es Jerez. El año pasado, con el nuevo acceso por autovía, se atenuó el caos. Antes, sólo una carretera para entrar. El colapso era tal que si se salía de Cádiz a las 8.00 para ver la carrera a las 10.00 lo más probable es que no se pudiera acceder al circuito.

Hace pocos días, un motero malagueño de 24 años se quedó sin un brazo al perder el control de su moto y toparse con un guardarrail. Juan José Fernández, José Antonio Luque, Pedro González y Marco Masotti recuerdan el día 10 de noviembre, cuando 150.000 personas se concentraron en Madrid para reclamar la supresión de los guardarraíles. Ese es, para ellos, el verdadero espíritu motero.

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