OPINIÓN. AUTOPISTA 61

Domingo de Resurrección

Si lo pensamos bien, la fe en la resurrección que se celebra hoy es una de las creencias más misteriosas que tenemos. El cristianismo es, de hecho, la única religión que cree en otra vida después de la muerte. Las demás religiones tienen ideas más bien vagas sobre la resurrección. Si hay un paraíso musulmán, es una especie de club privado en el que uno se entrega a la sensualidad que no ha podido disfrutar en este mundo. El budismo y el hinduismo creen en la reencarnación en otros seres vivos, pero no en la resurrección de los muertos. Y los credos animistas que aún perduran en algunos lugares remotos de África y Oceanía sólo creen que los muertos pueden convertirse en espíritus malignos o benignos que de alguna forma interfieren en la vida de los vivos. Nada más.

El cristianismo, en cambio, cree en la existencia de una vida ultraterrena porque algún día los bienaventurados se levantarán de sus tumbas. Es una cuestión de fe, por supuesto, ya que una mente racional no tiene ninguna prueba –sino más bien todo lo contrario– de que ese hecho inexplicable pueda suceder. Y aun así, hay gente que cree de verdad en la otra vida. “Nos volveremos a ver algún día, estoy seguro”, le oí decir a alguien que acababa de perder a uno de sus mejores amigos. Es probable que esa creencia sea un engaño que nos hemos inventado para superar el dolor de las pérdidas, pero sigo pensando que es uno de los engaños más hermosos que hemos inventado. Quizá, después de todo, la raza humana merezca salvarse porque un día fue capaz de inventar esa remota posibilidad de perdurabilidad que nadie ha sido capaz de demostrar. Los científicos, desde luego, son tajantes: “Eso es imposible” suelen advertirnos, y yo sé –o quiero creer– que tienen razón. Pero aun así no dejo de pensar en esa improbable carambola de la física (¿o de la metafísica?) que pueda devolverme alguna vez a los seres queridos que ya no están aquí. Ya sé que es imposible, al menos si lo pienso en términos lógicos, aunque no me resigno del todo a que ese deseo no pueda hacerse realidad.

Además, deberíamos medir nuestra satisfacción y nuestro orgullo personal no por lo que hemos conseguido, sino por lo que una vez nos propusimos alcanzar. Y ese sueño de la resurrección –que surge de una mezcla de fe y de esperanza y de dolor– es uno de los más admirables que hemos albergado los seres humanos. Aunque sea inalcanzable, vale la pena soñar con él.

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