OPINIÓN. AUTOPISTA 61

En El Altillo

Hace poco, en Jerez, el poeta José Mateos me enseñó el jardín que rodea la mansión de El Altillo. Vimos los altos muros que rodeaban el jardín, y un pavo real que correteaba sobre el tejado de la casa de los guardeses, y la sombra de una gran casa que se atisbaba a lo lejos. El parque era muy hermoso, y la luz del atardecer lo hacía aún más hermoso, pero todo estaba invadido por un aire sombrío que nos hacía sentir incómodos.

Hay lugares que parecen irradiar desolación, y El Altillo es uno de esos lugares. Pero era normal que fuera así, porque la historia de aquella casa –y de los que habían vivido en aquella casa– no era nada alegre. Allí dentro habían vivido siete niñas a las que su padre, Dios sabrá por qué, no había dejado nunca salir a la calle. Aquellas niñas se hicieron adolescentes, mujeres y ancianas sin saber siquiera que afuera, al otro lado de los altos muros del parque, tenía lugar la guerra civil, la larga y asfixiante postguerra, los años ye-yés, la muerte de Franco, la llegada de la democracia, los cambios políticos, Suárez, González, Aznar, Zapatero. Allí dentro las niñas encanecidas seguían jugando a las muñecas, los mismos cuadros colgaban de las paredes y los pavos reales correteaban por el tejado de la casa de los guardeses. Nada había cambiado. Nada iba a cambiar.

En el jardín me pregunté qué habían hecho aquellas siete niñas durante una larga vida congelada en la inmovilidad. El tintineo de una cucharilla de café, los rezos en la capilla, un cura que pasaba el rosario frente a un brasero, los pasos de una criada que llevaba una bolsa de agua caliente, un murmullo junto a una ventana inundada por el sol, la silueta encorvada del jardinero que trabajaba en el jardín. Eso era todo lo que había sucedido en la vida de aquellas niñas que jamás habían salido de allí. Un mundo de rumores, miedos, retratos descoloridos y cuberterías abrillantadas por las sirvientas con delantal y cofia.

Pero cuando nos íbamos de El Altillo pensé que aquel mundo embalsamado no era, en el fondo, muy distinto del nuestro. Todos nosotros también vivimos en la seguridad ficticia de un mundo protegido por altos muros de piedra, por el que circulan unas pocas leyendas que tomamos por verdades incuestionables. Todos vivimos entre muros, sin saber muy bien dónde estamos, recelosos y a la vez fascinados por lo que ocurre ahí fuera, mientras un pavo real emite sus extraños gemidos desde lo alto del tejado.

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