La tribuna

El regalo de Ghulam

Los contenedores de basura están llenos a rebosar con los embalajes de los regalos de Reyes que los niños andaluces han encontrado en casa de sus padres, tíos abuelos, vecinos. Barbies, plays, wiis, algún que otro libroýConsumismo desatado, ilusiones cumplidas ¿Qué no haríamos para reencontrar la mirada de entusiasmo en los ojos de nuestros hijos al abrir sus regalos el día de Reyes?

Los embalajes del regalo de Ghulam no llenarán ningún contendor porque en su país no hay contenedores, pero también porque su regalo llegó hace meses. Aunque los once años de Ghulam merecían regalos envueltos en papeles de colores, el suyo no tenía envoltorio: era un marido de cuarenta. Ghulam es una niña afgana que, como la mitad de las mujeres afganas, es víctima de un matrimonio forzado antes de llegar a la mayoría de edad. Pero a diferencia de sus compatriotas, ella se ha hecho famosa porque la foto del día de su boda, realizada por la fotógrafa norteamericana Stephanie Sinclair, ha sido elegida foto del año por Unicef. En ella Ghulam aparenta menos de once años y su marido, tocado de turbante y mostrando largas barbas, mucho más de cuarenta.

La instantánea se tomó cuando Mahmoudm, de 32 años, padre de Ghulam, la entregó a su futuro marido, Faiz, a cambio de dinero y ganado, sellando así el compromiso de matrimonio. No parece que la madre de Ghulam tuviera ningún papel en tan importante ceremonia. Ghulam no dejaba de quejarse de que no conocía a ese hombre. El padre explicó que no le gustaba que su hija se casara tan pronto, pero que eran muy pobres. Supuestamente el dinero recibido le iba a servir para alimentar a sus otros hijos. Quizás sea así. A veces sólo sirve para pagar la adicción a las drogas del padre de la menor "vendida", otras para saldar una deuda de juego. Para Ghulam ya pasó la edad del juego, si es que alguna vez la tuvo. Aun suponiendo que su marido sea una persona razonable, lo cual no encaja muy bien con su compromiso matrimonial, tendrá que enfrentarse a tareas que seguro superarán sus once años. Sobrevivir en un entorno hostil realizando trabajos extenuantes, enfrentarse a embarazos precoces con riesgo de su vida, ocuparse de sus hijos cuando nazcan ¿Para qué sirve Unicef, para qué sirve la ONU si cada día se siguen celebrando matrimonios como ése?

Podríamos pensar, para acallar nuestras conciencias, que ellas están acostumbradas porque en su país siempre ha sido así, aunque esa idea es difícil de sostener si se miran con detenimiento los ojos de Ghulam. Pero, además, la realidad se empeña en desmontar patrañas. Son miles las adolescentes afganas que se siguen quemando vivas cada año, usando el queroseno de la cocina, para escapar a matrimonios insoportables. En el mejor de los casos sufren una muerte cruel para escapar de una vida aún más cruel. En el peor, se recuperan quedando deformadas y arrastrando secuelas de las que no se curarán nunca. Y sólo para volver al infierno del que intentaron escapar con ayuda del queroseno. Algunas llegan a los hospitales, donde pasan días o semanas de agonía, en compañía de las odiadas suegras, en escasas ocasiones acompañadas por madres que las cuidan con mimo.

Éste último fue el caso de Gulalai, que se inmoló en mayo de 2006 al no resistir más el maltrato de su marido. Tenía sólo 20 años, era madre de un hijo y estaba embarazada de otro. Cuando llegó al hospital tenía quemaduras en más del 90% de su cuerpo, sólo su cara de niña estaba intacta. Murió dos semanas después, tras sufrir una agonía atroz. Veronique de Viguerie, una fotógrafa francesa, retrató su agonía envuelta en vendas ensangrentadas, abrazada por su madre, muy joven también, pero con una mirada que reflejaba un dolor inmenso. ¿Cómo puede alguien acostumbrarse a ver sufrir así a una hija, a perderla de una forma tan inhumana a causa, no de la enfermedad, sino de la injusticia? ¿Para qué sirve Unicef, para qué sirve la ONU? ¿Cómo podemos llamarnos seres civilizados mientras permitimos que sigan existiendo muertes como ésa?

Pero afortunadamente en nuestra civilización también existen hombres como Luis, Pepe, Gustavo, Alberto y tantos otros españoles a los que esas fotos les duelen tanto como a nosotras. Y sobre todo como los miembros españoles de la ISAF que arriesgan la piel para que fotos como las de Ghulam y Gulalai algún día lleguen a ser un mal sueño del pasado. Espero que a todos ellos les hayan traído los Reyes todo lo que pidieron y muchas cosas más.

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