Una mina al sur de Cerdeña

La gran isla italiana tiene forma de pisada. Los griegos la llamaron 'ichnusa' (pisada). Los romanos, que jamás lograron conquistar Cerdeña por entero, la bautizaron como 'sandalion' (calzado o sandalia). Tal vez, entre la premura y la ignorancia, asociamos Cerdeña con el turismo de los pudientes. De hecho, al norte la Costa Esmeralda ofrece su complejo turístico para rebosantes billeteras. Pero hay muchas otras Cerdeñas, como la que existe por el sur, jalonada por minas abandonadas que permiten hacer una ruta nostálgica junto a montes arcaicos, calas azules y acantilados.

Suelen atraernos al final los lugares a los que llegamos sin demasiada convicción ni compromiso en particular. No hay recuento de un viaje sin paradoja. Sobre Cerdeña nuestra más leal ignorancia se había apoderado de ella por completo, como si fuera una invasora más de entre los muchos pueblos y ejércitos que aquí plantaron sus huestes (fenicios, romanos, bizantinos, aragoneses y catalanes, pisanos, genoveses).

No conocíamos apenas nada de esta isla continente, que flota como un rocoso fardo sobre el Mediterráneo, bajo Córcega y el estrecho de Bonifacio, y que muestra una cartografía peculiar, parecida a la de una pisada, la pisada de un gigantón. Los griegos la llamaron ichnusa (pisada) y los romanos sandalion (calzado o sandalia). De ahí la primera lección que aprendemos enseguida, mientras bebemos cerveza a gollete de la marca local Ichnusa. Con los días aprenderemos también la segunda lección acerca de este rubio caldo de los sardos: en Cerdeña es donde más se bebe cerveza de Italia.

Hemos viajado sobre todo por el suroeste de la isla, con parada para dormitar en la plácida península de Sant'Antioco, muy cerca de la isla de San Pietro y de la plaza de Carloforte. Todo mapa suele mostrar sus contrariedades y Cerdeña no iba a ser una excepción. Justo en el lado opuesto, hacia el nordeste de Cerdeña, se halla el pudiente complejo turístico de Costa Esmeralda. Fue aquí, precisamente, donde un paparazzo cazó a Silvio Berlusconi, il Cavalieri del tinte y los escándalos sexuales, mientras cortejaba a inocentes novicias.

El sur de Cerdeña (donde se halla la capital, Cagliari) es por el contrario una de las zonas más empobrecidas de Italia y de la UE. Una de las rutas que puede hacerse hoy por este rincón de la isla es la que evoca el pasado minero de la región. Nos sorprenden las minas abandonadas con las que nos topamos aquí y allá. Mussolini fundó Carbonia para abastecer de carbón a toda Italia y dejó la impronta fascista en la arquitectura de la ciudad. Las minas expósitas y silentes nos cautivan como testimonio de un paisaje ya quedo, casi olvidado y mudo entre los montes arcaicos, el mar azulino y los acantilados que recortan la costa con violenta aspereza. Depósitos de plata, cobre, plomo, hierro y zinc se explotaron incluso desde la era de la civilización nuraghi por toda la zona de Sulcis (los nuraghi, cuyos restos arqueológicos se hallan repartidos por la isla, fue la civilización primigenia que pervivió aquí entre los años 1800 y 500 a.C.).

Por todo el litoral se diseminan los enclaves mineros. Carcasas y maquinaria oxidada aparecen de pronto monte adentro sobre el maquis o casi a pie de calas sorpresivas. Hemos dejado atrás la Costa di Masua y el blanquecino rocón de Pan di Zucchero. Cada vez que hacemos una parada para gozar de las escandalosas vistas a mar abierto oímos el canto mediterráneo de la chicharra. El sol aprieta. El viento siroco, proveniente de Sicilia, es caliente como la sangre del crimen.

Para qué negarlo. Somos veraneantes de paso y cedemos a la más básica tentación. Así que hemos disfrutado de un baño en la recoleta cala Domestica. Poco después contemplamos en altura el otrora pueblo minero de Buggerru. Aquí la mina olvidada de Malfidano da a la misma playa, que se muestra inusualmente ancha y kilométrica desde que salimos del pueblo en busca de las dunas de Piscinas.

Y aquí llegamos, a esta sorprendente playa dunar de Piscinas, tras dejar atrás retorcidas carreterillas y trochas polvorientas. Un rebaño de cabras -típica postal sarda- cruza por un camino cabrerizo, como es natural. A la vuelta de la playa, al atardecer, la luz remansada proyecta su baño de nostalgia sobre las carcasas de los edificios mineros, que a ojos vista semejan restos de poblaciones bombardeadas. Muy cerca quedan la mina de Montevecchio, la aldea minera de Ingurtosu explotada en su día por compañías francesas y, más acá, este bucólico complejo de Naracauli, el que fuera el más moderno centro de minería de Europa tras la I Guerra Mundial. Cerca del cabo Pecora, más allá de las jorobas de los montes cubiertos de mirtos y enebros, asistimos a la más bella defunción del día de hoy: el ocaso.

Ahora nos traga la noche negra por la carretera endiabladamente curva, mientras atravesamos los agrestes alrededores de la ciudad de Iglesias y a la que parece que nunca llegaremos bajo la absoluta umbría del monte. Al final de la jornada, mientras atravesamos el finísimo istmo que une Cerdeña con las marismas de Sant'Antioco, sentimos algo así como que hemos aprovechado en un solo día las horas desaprovechadas de tantos días que fueron a parar a la basura. Quizá el nostálgico paisaje minero nos ha desarmado y nos hace caer en ridículas conjeturas. ¿O será la ebriedad de beber cerveza Ichnusa?

La ruta de las minas por el sur de Cerdeña es una de las muchas que pueden hacerse. El cuaderno de viaje se nos queda en blanco. No por olvido, sino por incapacidad de reproducir lo visto y sentido en tan poco espacio: el ferry desde Calaseta a isla San Pietro, callejas y costanas en Carloforte, belvederes sobre la costa del Sud y el cabo Spartivento, bahía Chia, paseos por Cagliari y postales de la capital desde lo alto del bastión San Remy. Cerdeña, en fin. Y sólo en parte.

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