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Rafael Padilla

Un grito molesto

LO malo -y lo bueno- de la izquierda radical es que nunca estuvo dotada para las sutilezas de la estrategia política. Leo en Paz y socialismo, una página web (www.brezhnev.wordpress.com) que encabeza con las fotos de Castro, Brezhnev y el propio Zapatero, lo que sigue: "El socialismo no puede implantarse sobre la estructura social de los estados fascistas, las familias. La crianza y educación de los futuros ciudadanos progresistas debe ser definitivamente socializada y asumida por el Estado. Para ello se ha dado el primer gran paso, por fin, el neonato carece del derecho a un padre y a una madre, pudiendo ser entregado a colectivos sociales ajenos a la familia tradicional-fascista, en este caso a agrupaciones practicantes del sexo homosexualista, hábilmente llamadas (neo)matrimonios". En el mismo texto, cuyo título no deja lugar a dudas -"Contra la Familia Tradicional-fascista: ¡ABOLICIÓN y HOMOSEXUALIDAD!"-, se recogen los textos de Marx y Engels que sostienen la conclusión transcrita y se alaba la política del Gobierno que, incluso, ha impulsado una "nueva campaña escolar de doctrina infantil antifascista".

Ya sé que en la Red pueden encontrarse disparates descomunales y que sería trampear el darles mayor trascendencia de la que tienen. Pero, en esta ocasión, lo verdaderamente inquietante es que muchas de las medidas adoptadas en la presente legislatura apuntan y son coherentes con la ortodoxia, sincera y temible, del párrafo reproducido.

Por ello, entiendo mal los exabruptos, tan numerosos como infundados, contra la manifestación en favor de la familia celebrada el pasado 30 de diciembre. Claro que la Iglesia, que por supuesto no se agota en los obispos, tiene la opción democrática de criticar las leyes aprobadas en el Parlamento. Impoluta la invocación de Rouco a la Declaración de Derechos Humanos: "La familia es el núcleo central y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por la sociedad y por el Estado". Zafias las alusiones veladas a que una Iglesia financiada -y menos en un Estado aconfesional y no laico- ha de permanecer en silencioý

Argumentos todos disimuladores del mensaje esencial de un encuentro que nos deja un grito diáfano: a lo que nos oponemos es a la doctrina, tan grata, parece, a algunos socialistas, que entrega al Estado el desarrollo del individuo y que lo quiere sometido a sus directrices. Es libertad, y libertad individual, lo que se reclamó en las calles de Madrid. Una aspiración que paradójicamente molesta y se tacha de reaccionaria en esta España nuestra del progresismo intolerante, de los delirios despóticos y del desprecio permanente de los valores que constituyen el esqueleto mismo de nuestra civilización.

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