En estos primeros días de curso, la expresión más recurrente sobre el alumnado es "qué nivel tan bajo traen". Un diagnóstico que no precisa pruebas ni análisis ni demostración y que cada docente lo usa e interpreta a su manera: hay faltas de ortografía, ausencia de conocimientos o de vocabulario. Paradójicamente, no se aprecia que son los alumnos los que suelen resolver los problemas que surjan en el ordenador o en la pizarra digital. Puede interpretarse que ya vienen preparados "para la vida", como tantas veces divulgó Decroly que habría que hacer. La duda está en si es ésta la vida deseada. ¿Para qué vida hablamos?

La sociedad, niños y jóvenes sobre todo, se ha instalado en la cultura de la inmediatez. Los SMS fueron derrotados por los chats debido a la celeridad; los establecimientos de comida rápida tienen cada día más éxito; se cambia de canal en décimas de segundo y la navegación por la red debe tener tropecientos megas como mínimo… Y es que los resultados de cualquier acción que se emprenda, tienen que ser inmediatos. Educar para esta vida implicaría ajustarse a los mínimos conocimientos necesarios para moverse en las diferentes aplicaciones, enseñarlos mediante la práctica y en el mínimo tiempo posible. Significaría leer entre líneas y sin profundizar, ir desterrando palabras y expresiones escritas suplantándolas por emoticonos y emojis. Sustituir los géneros musicales o cinéfilos favoritos a velocidad impensable (del pop al reggeton, de las películas de Harry Potter a las gore, con abundancia de sangre).

Habrá que pensar en educar no solamente "para la vida", sino también "por la vida", por la esencia, sin modas efímeras. Para conseguirlo, los docentes deberían actuar a modo de muleta, como apoyo y guía, hasta que alcanzar el aprendizaje deseado. Lo más complicado es que el instrumento indispensable para ello consiste en el ejercicio de la reflexión acerca de lo que se puede, desea y necesita (adiestramiento desconocido en una cultura de la inmediatez).

El sistema educativo actual, inserto en esta cultura y apostando por una educación "para la vida" (mal entendida) y no "por la vida", va relegando de los planes de estudio a la Filosofía, única materia que persigue el cultivo de la reflexión, sólo obligatoria ya en 8 de las 17 comunidades autónomas y que utiliza a su profesorado como comodín en los institutos para cumplir horarios.

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