Arias breves

Rafael Ordóñez

El círculo cuadrado

Andan por ahí solapados bajo el manto de las estadísticas. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos son. Ha comenzado ya el baile de cifras de un fenómeno, nuevo e inaudito. Todos andan interesados en cuantificarlo. Lo nunca antes visto: centenares de miles, quizás millones, de adultos jóvenes que no hacen nada. Semanas enteras al sol. Meses completos sin dar un palo al agua. Años tirados de cabo a rabo a la sombra del presupuesto familiar. Se ha dado en llamarlos los ni-ni: ni estudian ni trabajan. Ahora, hasta una serie de televisión se ocupará de ellos. ¿Cómo puede una sociedad sobrevivir cuando su motor de empuje, su núcleo duro vital, su placa base, los que deberían haber tomado el relevo y estar produciendo para sostener a los que ya andan vencidos, pasan sus días entre el sofá familiar y el botellón finisemanal de nunca acabar? Sencillamente, de ninguna manera. Es simplemente insoportable. Nuestras sociedades nos están inventadas ni diseñadas para que los viejos soporten a los jóvenes. Esto es estructuralmente imposible. No podemos cuadrar el círculo. Estamos ante una situación aberrante, antinatural. Es como si pretendiésemos que lloviese hacia arriba. No puede ser.

Esto de los ni-ni también tiene sus causas y fuentes en algunas de las plagas con las que la moderna modernidad se azota a si misma. Dicen, por un lado, que una de las razones es la situación actual del mercado laboral. La atarazana laboral española es famosa en el ancho orbe por su rigidez pétrea sólo comparable a la del platino iridiado. Ya de por si regulado por leyes imposibles, hay que unirle ahora, en el caso de los ni-ni, el hecho de que el sujeto así descrito no quiere trabajar para otra cosa que no sea para lo que cree que está preparado. La segunda causa, y no menor, apuntan, es lo que llaman la permisividad familiar. Esa nefasta y nefanda permisividad que arrastra el ni-ni desde antes de hacer la primera comunión y le ha acompañado en su travesía de colegios e institutos mullido entre algodones y bañado el culito entre los perfumes que mamá le ha ido aplicando a lo largo de su dulce y vana vida. Papá y mamá estarán con su ni-ni hasta que la biología los separe. Hasta el día de hoy, el que no quería hacer nada se contrataba como artista, como hippie, como okupa, como predicador tántrico, como famoso del cotilleo, como algo. Ahora, descubren que en casa, en la nada, se está mejor. Con un par de generaciones de ni-ni es suficiente para acabar con el tinglado. Unos añitos más con los motores parados y adiós que te vi. Despedida oración y cierre.

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