RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Treinta y uno

LA Constitución cumple 31 años, superó ya con creces la mayoría de edad y ahora anda en las cosas de la vida. Es por eso que ha perdido hasta dos de sus padres, Gabriel Cisneros y recientemente a Jordi Solé Tura, que se había perdido a sí mismo en el laberinto del alzhéimer pero que regresa, límpido y crucial, en el bello documental rodado por su hijo, Bucarest. La Constitución cumple 31, se ha ido ya de casa como cada vez menos chicas de su edad y hasta tiene dos hijos que le han salido rebeldes, que el día del cumpleaños, celebrado en el Congreso, cuando tenían que darle sus regalos en forma de lectura de su articulado, uno se acuerda de los sindicatos, al parecer dormidos, y otro del abuelo y del exilio. Todos hemos tenido un abuelo, o incluso dos, todos hemos tenido, alguna vez, una historia buena que contar, pero precisamente porque cada uno posee la suya propia uno debe guardársela en secreto, y cuidarla como a un pájaro herido, y escribir después una novela o una biografía, pero no lanzar al abuelo así, por muy hijo de la Constitución que se sea, porque todos hemos tenido uno, y en el cumpleaños se habla del homenajeada, de su verdad de chica divorciada con posibles.

Me gusta pensar en la Constitución, así, como en alguien de 31 años. Casada o no, pero ya con hijos, separada quizá. Toda la gente de 31 años anda ahora separada o en trance de estarlo. Esto es pura estadística, como la propia Constitución: prácticamente nadie la ha leído, pero gran parte de la población está de acuerdo con ella. Sin embargo la gente, con 30 ó 31, vive una segunda adolescencia. Toda esa seriedad de los 18, cuando se quiere parecer mayor, luego se abandona en la treintena, que es el ahora o nunca, después de los primeros fracasos personales, cuando se entiende que no sucede nada por haber naufragado alguna vez y que ha llegado el momento de volver a intentarlo. Nuestra Constitución anda ahora en eso, ha vuelto a la noche como a los 20 años, nuestra Constitución se va de farra y sabe que no puede gustarle a todo el mundo.

A los 20, uno sueña con aquello que le gustaría ser, pero a los 31 uno sólo puede aspirar a sí mismo. Ahora hay muchos asuntos que andan arriba y abajo con la Constitución, que puede parecernos desfasada porque el coito inicial que la engendró, la mirada interior al bien común, a la pluralidad como sitio de encuentro, no tiene lugar en la vida política de hoy. Antes de salir esta noche de fiesta, a celebrar la cifra y el futuro, habría que regresar a esa verdad íntima, y después revisar con lupa sus armarios, para ponerla guapa.

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