Editorial

Terrorismo cercano

DOS atentados prácticamente simultáneos sacudieron ayer la capital de Argelia. Los dos se realizaron mediante el uso de coches-bomba, uno contra la Corte Suprema y el Consejo Constitucional argelinos, y el otro contra la sede del Alto Comisariado de Naciones Unidas para los Refugiados, aunque el primero afectó especialmente a los viajeros de un autobús de estudiantes que circulaba por la zona. Las víctimas mortales se cuentan por decenas. Indiscriminadas, como es habitual en el terrorismo de raíz islamista, por más que los objetivos seleccionados por los asesinos parecen vinculados a instituciones jurídicas de Argelia y a la citada organización humanitaria de la ONU, cuyo trabajo se centra en la salvación y ayuda a los desprotegidos de todo el planeta, a los que tan sensible se muestran en teoría los fundamentalistas que odian al mundo occidental y sus valores. Acerca de la autoría de estos nuevos crímenes apenas caben dudas a los responsables de la seguridad de Argelia y a los observadores. Los atentados serían obra de la franquicia de Ben Laden en este país: Al Qaeda en el Magreb Islámico, nuevo nombre del antiguo Grupo Salafista para la Predicación y el Combate. A la desestablización que padece Argelia desde que el golpe de Estado de los años 90 impidió la toma del poder por los islamistas, ganadores de las elecciones, se ha añadido en los últimos tiempos el efecto perturbador y unificador de la presencia de Al Qaeda, bajo cuya sombra se han cometido los más despiadados atentados perpetrados contra los occidentales y los árabes moderados en los últimos años. Curiosamente con el número 11 como factor común a varios de ellos. El 11 de septiembre de 2001 se perpetraron los atentados contra las Torres Gemelas, marcándose el inicio del terrorismo internacional contemporáneo; un 11 de marzo ocurrieron los atentados de Madrid que enlutaron a la sociedad española; el 11 de abril pasado, en el propio Argel, más de treinta personas murieron en ataques al Palacio del Gobierno y una comisaría de barrio. Y siempre con la misma seña de identidad: el terrorismo islamista que nos sigue amenazando.

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