Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Mensajes de voz

Hay algo de atávico y pendular en lo de mandar mensajes de voz en vez de escribirlos

No hace falta tener hijos jóvenes para ir curtiendo la paciencia y su prima de gabinete y diván, la resiliencia. Para sobrellevar ciertos desprecios consuetudinarios de los usuarios de móvil. Un programa de radio lo cuenta ayer lunes todo sobre el phubbing, o sea, la práctica de mirar el móvil mientras se está acompañado, ninguneando a amigos, pareja o familia. Hay mil microsíndromes derivados del infinito poder de la telefonía inteligente -aceptemos inteligente como animal de compañía- que han cambiado las formas en las que se está en casa, en el almuerzo o la cena. Sin haberla, muchos móviles se mojan por la urgencia de sus dueños al salir de la ducha por ver si hay algo nuevo; no pocos caen al váter. Cuerpos desnudos que se giran, todavía hiperventilando tras el sexo, hacia su mesilla de noche. Reacciones miméticas, como la de echarte mano al bolsillo al oír que suena otro móvil cualquiera. Angustia al ver cómo tu batería se descarga sin tener enchufe cerca: quizá ahí esté la clave de la adicción, en la batería que hay que reponer de continuo. En el miedo a quedarnos sin droga, o sea, sin móvil.

Pero no teman, no consumiremos este párrafo en hacer profesión de una pose que va para rancia, o que como mínimo está en voluntario fuera de juego, la condena del móvil. Esta resistencia moral de lo más quijotesca recuerda a aquel personaje del Caro diario de Moretti. Un ensayista y comunicólogo que abomina de la manipulación y la anestesia que causa la tele -qué clásico ya, madre-; el hombre se va a una isla sin señal de televisión, y acaba a los pocos días casi rodando ladera abajo hacia el ferry recién atracado al embarcadero, al grito de "¡Televisione! ¡Televisione!", loco por volver a ver su teleserie preferida y secreta. Hay un par de prácticas que sorprenden a quienes hemos llegado tarde -aunque con brío- al vicio. Primero, el envío de whatssaps intencionados que van seguidos de un "Oh, perdón, wrong chat" (grupo de chat equivocado)", pero ya la andanada, la foto, la petición de auxilio emocional o la mentira han sido lanzadas. El otro, que bien pudiera ser un reflujo hacia el pasado y un movimiento pendular, es el de dejar de escribir los mensajes y mandarlos grabados con tu voz. Da para hipótesis jugosas, aunque se atreve uno a aventurar un cóctel interpretativo: hay algo de atávico, y de narciso y monologuista, e incluso un motivo para la esperanza. Quizá sea un SOS colectivo: necesitamos hablar. Ya volveremos a hacerlo a la cara sin palpitaciones ni pupilas dilatadas. Todo se andará.

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