Arias breves

Rafael Ordóñez

Igualdad

Cojo al vuelo de las ondas unas declaraciones de quien es a estas horas ministra del gobierno de España. Será titular de esa nueva covachuela que se va a dar en llamar Ministerio de la Igualdad. Ya solo falta crear el ministerio de la Libertad y el de la Legalidad y, ¡voilá!, todos los conejitos fuera de la chistera. Y así, de esa guisa, nos retrotraeríamos no a la nefasta segunda república española, si no a la mismísima revolución gabacha, el mayor experimento sanguinario que conocieron los siglos. Decía la señora aludida algo así como que la igualdad es lo más importante, el mayor valor, en una democracia. Buen comienzo. Días de gloria vamos a tener los columnistas patrios con esta ministra. Pues va a ser que no, señora. Comprendo que tenga usted que defender ese engendro que le va a dar coche oficial, buena soldada y primeras páginas, pero es que no. Lo más importante que hay en una democracia, y fuera de ella, es la vida. Sí, amiga, la vida. Entiendo que no es un valor muy en alza entre usted y los que piensan como usted, pero es así. La vida de todo ser humano desde su concepción hasta su último hálito. Ya sabe porque lo digo. Se lo recuerdo: lo cuento por esa calamidad social, ese dolor en el corazón de la convivencia, esa herida que lacera el alma y la mente de las que lo han practicado, esa vergüenza que los tiempos por venir equipararán al holocausto nazi o al gulag soviético: el aborto. Sin derecho a la vida no hay nada. Ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad, ni democracia, ni nada. Y por si fuera poco, parece que quieren redondear la jugada con un proyecto para legalizar la eutanasia. La exaltación electoral de la que fue objeto mi colega el Dr. Montes, ya sabe, el de Leganés, así me lo hace temer. Forma parte del buen rollito, del progreso, de la modernidad. ¿No?

Después de esto ¿de qué igualdad nos habla? Desde 1978 todos los españoles son iguales ante la ley. La bendita Constitución de esa fecha así lo proclama. Cualquier discriminación por razón de sexo, raza o creencia es un delito, y punto. Otra cosa es la mandanga inventada por los listos y listas de turno con la llamada discriminación positiva. Yo espero y confío en que la alta dignidad con la que usted ha sido investida lo haya sido por su méritos y su competencia y no porque le tocaba o porque había que cumplir con la cosa esa de la cuota. Tengo dos hijas, ministra, casi de su edad. Y las dos se han preparado y se preparan muy duramente para encarar ese desafío, ese misterio, que llamamos vida. Y ni ellas ni yo queremos que cuando lleguen a donde el destino las coloque, haya sido porque eran mujeres. No, queremos que sea porque eran las mejores, las más idóneas para ese puesto. ¿No le parece?

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