Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Gritar, los críos, el móvil

Usted dirá: "Es la economía, estúpido", que el atraso de una comunidad se mide por el PIB per cápita, por las desigualdades medidas por el índice de Gini o por el poder adquisitivo medio de sus miembros. Pero la escasez no es necesariamente falta de educación; cuántos ricos nuevos y viejos pasan mucho de sus semejantes. Y cuántos pueblos sencillos son más gentiles que otros con mayores niveles de renta. Muchos creemos en otros indicadores más de andar por casa -más bien por la calle, es ahí donde se es cortés o maleducado-. Son síntomas de cuánto le importan a uno los demás, y cuánto en forma agregada, es decir, en general en esa ciudad, región o país: un pimiento o una consideración sin distinción de quién sea el otro. Hablo de, en concreto, tres indicios de la mala o buena educación de la gente que cohabita (y recordemos que educación es contención y respeto por los demás y, ya para nota, buenas maneras). A saber: el volumen de la voz con que se conversa, o se habla por el móvil; la socialización de la tabarra de los niños pequeños propios, y la importancia o preponderancia del coche sobre el peatón o ciclista (el ciclista normal, no el abusivo: éste será cretino sobre dos, cuatro ruedas o a pie).

Hablar muy alto rodeado de propios y ajenos no es alegría ni extroversión: es mala educación, tanto o más que hurgarse la napia en público. Por cierto, no es cosa sólo de sureños, precisamente: he presenciado reuniones de norteños y mesetarios que echaban la pata al orfeón donostiarra, pero en insufrible y enervante. Lo de socializar a los niños -llámeme Herodes 2.0- es algo asombroso. Sucede en terrazas al sol u otros sitios públicos: los padres de copichuelas o tertulia, los niños aullando -hay cantera- o haciendo de niños… lejos de ellos. De vez en cuando un "Manuelete, cariño, que estás molestando a ese señor", y a seguir ejerciendo el paternal absentismo. Esto no sé si es cosa de sureños, pero sí de gente más bien con posibles que lo contrario, una paradoja que merecería analizarse. Por último, el tercer y más peligroso de todos los indicios de subdesarrollo en sociedades tenidas por desarrolladas: la forma de uso del coche. El recurso abusivo al claxon, el vicio de tantos de saltarse todo semáforo saltable (¿harán lo mismo con sus trabajos y negocios?)… y esos asesinos natos que no saben que lo son: los nacidos con el móvil que conducen mientras no ya hablan, sino escriben. Con permiso de los ratios y macrocifras que nos dan caché a nosotros, economistas, debemos hacernos mirar las microtaras de nuestra convivencia.

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