Nombramiento Adelaida de la Calle, nueva presidenta de la Corporación Tecnológica de Andalucía

Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Felipe González

FUE un lujo, caro para España, prescindir tempranamente de Felipe González. Su partido ha vuelto a gobernar, sí, pero con el líder sevillano, que llegaba a la opinión sin los excesos del marketing, mantuvo una estrategia de la acción política que no hubiese soportado José Blanco. El nombramiento de González como presidente de los nuevos constructores de la idea de Europa, en un momento en el que la geopolítica mueve el tablero mundial, reivindica su figura desde la dignidad que prejuzga su paso a la historia.

Quienes cerraron el capítulo Felipe González, incluidos muchos de los suyos, señalaron las salpicaduras de la corrupción y del GAL. Hoy, tal vez comprueben, sin necesidad de olvidar aquellos asuntos espinosos, que prevalece la figura del hombre de Estado. Vistos los devastadores efectos de la polarización política, nacida de la estrategia mediática que acompañó el liderazgo de Aznar, hay elementos de juicio para relativizar el alcance de los errores de un período dilatado de gobierno, contextualizarlos y obtener un balance muy distinto del que presuponía aquel portazo retórico del "¡váyase, señor González!"

A los grandes políticos se les conoce no sólo por su comparecencia en el poder, sino también por toda su trayectoria biográfica. Es un acto piadoso, por ejemplo, no hacer comparaciones entre las actividades de González y Aznar, una vez concluidos sus respectivos gobiernos, o sobre la proyección internacional de uno y otro a través de sus lecturas del papel de España en el mundo, o acerca de la producción de pensamiento de ambos, incluido el de fundaciones e instancias cercanas, una vez fuera de La Moncloa.

González mantiene un fuerte prestigio internacional, a gran distancia del resto de los líderes locales. Sus largos silencios, rotos esporádicamente con reflexiones relativas a la degradación de la política de Estado en nuestro país, a favor de procesos de diálogo en áreas de conflicto y sobre la sostenibilidad y gobernanza del planeta, han proyectado su biografía en términos de coherencia intelectual e ideológica. El nombramiento que lo sitúa a la cabeza de la nueva inteligencia europea ha sido planteado desde Francia y Alemania y nadie lo ha cuestionado seriamente en España.

La temprana amortización de González, a la que siguió un tiempo de preocupante liquidación del debate político, fue más una derrota de la cultura democrática española que un triunfo de quienes trabaron la estrategia de su descabalgadura. Con una idea de España sólidamente unida a Europa, más modernizador que socialista, con la mirada puesta en el futuro, Felipe González retorna a la vida pública. Un motivo de satisfacción para todos los que creen que la política es más, mucho más, que la apropiación de la soberanía popular a manos de los intereses tribales de los partidos.

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