En tránsito

Eduardo Jordá

La Cónsula

ME contaba el otro día José Antonio Montano, en Málaga, que las cenizas de Félix Bayón están enterradas en los jardines de La Cónsula, ese edificio que alberga una Escuela de Hostelería y uno de los jardines más hermosos del Mediterráneo. No hay un lugar más adecuado para el descanso de un epicúreo como Félix Bayón. La Cónsula fue durante veinte años el lugar de descanso terrenal de Cyril Connolly, el más gran epicúreo de la literatura inglesa del siglo XX, y es una coincidencia afortunada que los nombres de Bayón y Connolly hayan quedado unidos para siempre en ese lugar. A veces el azar se comporta con un insólito sentido de la justicia. Y por eso estoy seguro de que el fantasma de Connolly está tomando a estas horas un vino seco en la terraza de La Cónsula, mientras comenta con Félix Bayón el último cotilleo que recorre la ciudad.

Que Cyril Connolly sea un desconocido en España, mientras que escritores cien veces peores que él reciben homenajes y premios, es una de las pruebas de que el informe educativo PISA tiene razón. En 1956, desde la Cónsula, Cyril Connolly le escribió una carta a un amigo en la que le confesaba que había encontrado un hogar en Málaga, y eso le alegraba porque en Londres tenía que vivir como una especie de vagabundo. La Cónsula no era suya, ya que pertenecía a su ex cuñada, Annie Davis, pero Connolly tenía el envidiable talento de dejarse invitar por sus amigos ricos hasta conseguir que la casa de los demás acabara siendo su propia casa. En Londres vivía por encima de sus posibilidades, siempre endeudado y siempre acosado por las dudas sobre su talento. En Málaga, Gerald Brenan le ofreció una casa por dos mil libras (¡de los años cincuenta!). Connolly intentó comprarla, aunque nunca llegó a reunir el dinero. Prefería gastárselo en libros antiguos, comidas en el Savoy y viajes a Francia en compañía de una mujer hermosa.

A pesar de que nunca se conocieron, Connolly y Bayón compartían muchas cosas. Aparte de su condición de gordos (de la que nunca se avergonzaron), los dos tuvieron un gran sentido del humor y los dos fueron muy inteligentes. A los dos, además, les gustaba vivir rodeados de amigos, aunque Bayón disfrutara alojándolos en vez de dejarse invitar. Y los dos, en fin, se ganaron la vida escribiendo en los periódicos, cosa que hacía feliz a Félix y desgraciado a Connolly, aunque sus artículos periodísticos tengan ahora más valor que el noventa y cinco por ciento de las novelas de su época. Y por si fuera poco, los dos fueron seres libres que nunca quisieron dejarse engañar por ningún dogma político. Ahora que se acerca la Navidad envidio los jardines de La Cónsula, donde se oyen risas, corre el vino y un cocinero atareado prepara un asado con castañas y coñac.

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