José Manuel Barral

El encuentro con la Virgen

La misma liturgia se repite todos los años a golpe de corazón. Cada Simpecado atrae irresistiblemente a todos los que tenemos una misma fe y esperamos que esa mañana se produzca el encuentro con el que llevamos soñando todo el año.

La espera se hace grande cuando el deseo hace palpitar el corazón, mientras se calcula la distancia que nos separa del paso de la Virgen que cada vez está más cerca. Los nervios permiten vivir ese momento guardando en lo más adentro lo que estamos viviendo ese Lunes de Pentecostés.

Entonces se produce el encuentro y cuando la Virgen se acerca el tiempo se detiene. Y entre sus varales se asoma para ver a los que la llaman, a los que le piden, a los que se emocionan. Y entre varales su hermosura resplandece, distinta con la luz de la mañana y mucho más cercana que cuando la vemos en su ermita. Y los corazones que se aprietan en torno a su paso, como si todos quisiéramos tocarla, como si compitiéramos por estar más cerca, porque así es como sabemos expresar lo mucho que la queremos.

Sin saber muy bien cómo, en ese momento me levantan y me siento mucho más cerca de la Virgen de lo que nunca pensaba llegar a estar. Los brazos en el aire como si pesaran o como si no los pudiera controlar, porque se abren llamando a los que la llevan para que la acerquen un poco más. Entonces el estruendo, la oración que irrumpe, como un don de lenguas inspirado por el Santo Espíritu. Todos al mismo tiempo y contando las maravillas que el Señor ha hecho en nosotros, dejándonos como Madre a esa Virgen Santísima, donde una Paloma Blanca anidó dejándonos el Fruto Bendito de nuestra salvación.

Los vivas se hacen oración espontánea, emocionada y suplicante por cuantos estamos allí y por cuantos llevamos en el corazón. Y después, su paso se aleja dejando un vacío tan grande que Ella ocupa con el recuerdo de haberla tenido tan cerca, de haberla mirado, pero sobre todo de sentirnos emocionados, porque Ella ha sido la que nos ha dejado su Rocío.

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