La naveta

Eduardo j. sugrañes

¿Estamos dispuestos?

Ahora que comienza la Cuaresma habría que preguntarse si estamos dispuestos. Es como la voz del capataz que nos llama. Es el capataz de la verdad, del que habla Juan, por que Él es la verdad y la verdad nos hará libres.

Al inicio de todo cuántas ilusiones, cuántos deseos, cuánto por recorrer. Pero hay que preguntarse si no se llega ya cansado a estos cuarenta días que culminarán con el triduo sacro como antesala de la Resurrección. Sabemos lo importante de la Pascua representada en el Cristo Resucitado, que lleva años pidiendo entrar en el Consejo.

¿Estamos dispuestos al compromiso más allá de mostrar lo externo y lo sublime de los montajes y exaltaciones? ¿Dejaremos de mirar por el hombro a quien esta al lado? ¿Entenderemos alguna vez que las distintas hermandades forman parte de un todo que se complementan en la plasticidad catequética de la Semana Santa y que todas son necesarias? Esto no es un concurso de rivalidades, donde a veces se protesta por el párroco y son más intransigentes las propias cofradías entre ellas.

Son importantes acciones conjuntas, que nazcan desde el compromiso de lo que es una hermandad. Sí, son además de asociaciones para el culto interno y externo, las primeras que deben dar un paso hacia adelante en el compromiso de la caridad y la acción social. Por eso me gusta el proyecto de la Casa de los Milagros y me sentiré orgulloso del euro que mi hermandad deposite por mí en esa obra; porque muchos pocos hacen un mucho y, sobre todo, nos debe mover la conciencia.

Me gustaría la Cuaresma de la confraternidad. La del verdadero amigo que se sienta a tu lado, no el que si pudiera te daba un culazo en el banco para que no aparecieras más por la hermandad, porque a veces las ideas y el aire fresco ponen nervioso a quienes se creen que la hermandad es una peña -su peña- para ir a comer al campo. No, creo en la hermandad como espíritu de unión y alegría. Aquí se viene a disfrutar, claro que sí. Porque vivida la penitencia y visto el trabajo bien hecho y gozoso -como diría Juan Ramón Jiménez- es, sencillamente, para disfrutar, porque el alma también disfruta después de alcanzado esos objetivos que nos planteamos al inicio de la Cuaresma.

Las hermandades son más que un montaje de cultos, un paso y unas flores, una banda y unos costaleros. Pero, a la vez, es todo eso, y su centro está en las personas que es su verdadero motor y el sentido de todo; no hay que montar escaparates, hay que sentirse protagonistas. Es necesario tener el corazón abierto y la mente dispuesta a tantas llamadas, más allá de toques de cornetas.

Una Cuaresma vivida así no ofrece solo estar todos puestos bajo el mismo palo de la misma trabajadera, debemos escuchar la voz de si en verdad ¿estamos dispuesto?

Pues si es así, ¡a esta es!

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