Rugby Prop

NArciso rojas

Siempre nos quedará el rugby cotidiano

La inmensa y densa nube de maniqueísmo que se apodera de todo aquello sobre lo que se debate en este país también alcanzó al deporte hace tiempo. Las victorias y las derrotas siempre tienen tal punto de agresividad, de demolición del contrincante (enemigo las más de las veces), que hacen de cualquier competición algo agónico. Me gustaría decir que en el rugby nos mantenemos a salvo de esto, pero no es del todo así. La llegada del profesionalismo (es decir, del dinero) no fue ni casual, ni tampoco aséptica. Cuando el dinero entra por la puerta sus amantes entran por las ventanas, y a estos no suele importarles lo más mínimo de qué va eso que les va a hacer ganar dinero, sólo les interesa el dinero en sí y cuanto más rápido mejor; incluso si es a costa de destruir aquello que lo genera. No les importa su fuente de ingresos. Cuando esquilman una sin remordimientos van a buscar a la siguiente. Por lo general, la llegada de estas aves de rapiña al deporte (fútbol y rugby son los que mejor conozco) suele terminar con la imagen de los que amábamos el juego solos de nuevo, pero ahora con un cadáver irreconocible y moribundo en los brazos.

En el camino hacia esa imagen nos encontramos con el atractivo y la sensualidad de la manipulación que nos hace cómplices. Lo emocional se despoja de la parte racional y nos convierte en consumidores que exigen más carga dramática. Nos molesta todo aquello que venga a hablarnos de otro paisaje distinto del que queremos seguir observando. Disfrute fácil.

El rugby en España se ha dado de bruces con el dinero cuando nuestra selección puso en jaque a las aves de rapiña. El problema es que tuvimos que ir a su terreno a pelear, y este no tiene casi ningún solar en común con el terreno de los valores. Así que nos hemos enfangado, quizás más de la cuenta (o no), para denunciar una injusticia. Menos mal que siempre nos quedará el Tartessos y su rugby cotidiano. Estamos a un paso de la final.

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