Manuel Ricardo Torres

Profesor de Derecho Mercantil de la Universidad de Huelva

Olivencia, maestro en derecho y en bondad

Era Don Manuel Olivencia, ante todo, profesor universitario; de tantas tareas como acometió en su larga y fructífera vida ésta era, en sus propias palabras, la primera: fue su primera vocación y soy testigo de cómo a ella dedicó sus mejores esfuerzos. Pero aún más que ese valor testimonial, justifican estas líneas de quien carece de mérito alguno para escribir sobre el maestro (soy, sin duda el último de sus discípulos, incluso cronológicamente) el que tengo con el profesor Olivencia esa deuda inmensa: soy deudor de su magisterio universitario. No escribo, por tanto, un homenaje ni una semblanza; tienen mis palabras el valor jurídico de un reconocimiento de deuda.

Fue Don Manuel discípulo del profesor Garrigues, que a su vez lo había sido de Don Felipe Clemente de Diego. De este último escribió Don Joaquín Garrigues que había sido ¨maestro en Derecho y en bondad (…) como alumno de su cátedra (…) como ayudante, mas tarde (…) he vivido siempre bajo su constante magisterio, maravillado ante la lección ejemplar de su vida". Años después escribía el profesor Olivencia de Don Joaquín Garrigues que "le debo gratitud por haberme deparado, buscando mi compañía, el regalo de la suya (…) para mi no sólo una excepcional prolongación de sus enseñanzas, sino un precioso motivo para conocer más a fondo la rica personalidad del maestro. (…) Abría la caja de los recuerdos en la intimidad y en la confianza, siempre con la serenidad de su temple y con la mesura de su palabra. Aquellas horas de conversación me descubrieron muchos aspectos de la historia de un hombre, forjado en alegrías y tristezas, en triunfos y reveses, que es el contraste que marca la grandeza de los espíritus".

¡Qué bien definen esas frases los sentimientos de quienes tuvimos el inmenso privilegio de disfrutar de las enseñanzas del maestro Olivencia! Sí querría destacar una faceta fundamental de su personalidad: su constante esfuerzo por superar la aparente contradicción entre teoría y práctica. Quien fue un excepcional teórico de la ciencia del Derecho (en la Universidad, en las Reales Academias a las que perteneció...) fue también un extraordinario profesional en la práctica jurídica. Escribía San Isidoro de Sevilla que "doctrina sine vita arrogantem redit; vita sine doctrina inutilem facit". Siempre me ha recordado esta cita -por contraste- la actitud del maestro Olivencia: la teoría sin la práctica no es sino arrogancia; la práctica sin una sólida teoría que la fundamente, se hace inútil. Pero más que ese perseverante empeño de superación de la supuesta antítesis entre práctica y teoría, esa frase resume a la perfección su constante esfuerzo por superar la contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se cree y cómo se vive. Quiero decir que quizás las mejores lecciones del maestro Olivencia no hayan sido sólo (y con ser ésto tanto) lecciones de Derecho vivo, sino lecciones de vida recta.

"Tantus labor non sit causus.No ha permitido Dios que tanto trabajo haya sido estéril", escribía el profesor Garrigues de Don Felipe Clemente de Diego. Éso mismo podríamos escribir del maestro Olivencia. Y no pienso ahora tanto en el inmenso legado de su ingente labor (científica, si, pero también como autor material de tantos textos legislativos vigentes hoy en nuestra Patria o su aportación al Derecho Mercantil Internacional...); ni me limito a su escuela, esa "Escuela Andaluza de Derecho Mercantil", "del Guadalquivir" (o "del Betis" a decir de algunos) que es, propiamente, la Escuela de Manuel Olivencia (uno de esos profesores que pueden presumir de ser ¨maestros de escuela"); ni quiero referirme sólo a la creación de una de las más prestigiosas firmas de la abogacía española... Comenzaba estas líneas con un reconocimiento de deuda. Es, lo confieso, una deuda impagable. No obstante, admite nuestro Derecho el pago de deuda por un tercero; a ese mecanismo me acojo. Tengo la certeza de que Dios pagará (con creces) esa inmensa deuda de gratitud que tantos tenemos con el maestro Olivencia.

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