POR VERÓNICAS

PACO GUERRERO

Fandiño: valor y precio de la libertad

Se deshilachan los caracteres en las redes sociales, acribillan los teletipos las redacciones martilleando la noticia. Lloran unos y se alegran otros. C'est la vie. Luces y sombras de una miserable caterva humana y una humanidad dulzona que se asombra y sufre por la muerte, cuando la muerte en sí apenas es un soplo fugaz de la vida. De la vida que ha elegido un torero a sabiendas de que un toro le puede matar o hacer vivir cada tarde. Vive la libertad en la muerte.

Morir o vivir diferente. Esa es la cuestión. Vivir lo que pocos viven; morir como pocos mueren.

Golpea la muerte. ¡Claro que golpea! Porque a Iván, a Víctor a Yiyo, a todos... los entendemos en la cercanía de la persona. En ese hace tres días que estuve con él que nos apesadumbra el recuerdo intimo del amigo o del profesional cercano al que el toreo nos arrimó de forma determinante. En la cercanía de la persona, antes de que el oro de un vestido de torero se lleve al hombre, durante dos horas, de esta realidad explicable de la vida normal.

Tiene esta muerte otra dureza muy singular. No la íntima de familiares y amigos, sino aquella para quien se tenga que vestir de luces y cubrir hueco en esas catorce o quince fechas que la web del torero anuncia como futuro de la temporada.

No creo que a sus 36 años Iván quisiera morir. Pero sin duda sabía que podía morir y aún en ello armó el suficiente amor por la profesión como para vestirse de luces e ignorar por qué el sistema exige tanto a unos y da tanto a otros. Ese sistema que exige tributo y condena a quien decide ser dueño de su hambre. Ese sistema en el que juegan los pequeños reyezuelos del toreo dictando y quitando tronos. Decidiendo ausencias, creando presencias y carteles. Ese sistema que alienta tendidos en posesión de la verdad absoluta para reventar faenas o defenestrar toreros ante toros imposibles de manejar. Ese sistema que a muchos toreros mata más que el propio toro. Ese sistema que indulta a los que salvan la vida y paternalmente los arropa en carteles dóciles, como gracia concedida.

No me entristece la muerte de Fandiño. Me deja, por contra, un enorme respeto por él. Morir libre es un lujo y si algo hizo que un torero vasco andase a la contra de todo, esta profesión con la razón que lo hicieron Fandiño y su apoderado Néstor, eso fue libertad.

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