Órsay

José Ángel González

La L de Casquero

El interés del entrenador por sacar lo mejor del Recreativo es obvio

El entrenador del Recreativo es mi entrenador. Así será siempre. Javier Casquero, por tanto, es el mejor que podemos tener porque es el nuestro. Y ante esa máxima, la razón no tiene discusión. Valorar su capacidad, sus decisiones, su nivel… sin tener la mínima preparación futbolística para ello, sería una temeridad por mi parte.

Su interés por sacar lo mejor del Recre es obvio. Su trabajo en los entrenamientos y su relación con los jugadores también salta a la vista. Y su predisposición por conseguir lo mejor pese a las dificultades que presenta este club no es discutible a poco que se siga su labor en el día a día. Virtudes, todas ellas, que pongo a exposición pública.

Casquero también es novel en los banquillos. Y por ello tiene que cargar con todos, o gran parte, de los defectos de quien luce la L en su carné. Los deméritos estratégicos sobre el terreno de juego, o su falta de agilidad técnica en la dirección, no me atrevo a criticarlos aunque los veo como muchos de los aficionados. Y de haberlos, son del todo normales porque nadie nace sabiendo y cuando se le fichó ya se conocía de su falta de rodaje en la banda. Casquero merece tiempo si es que existe en este mundo del balompié. El guión se está cumpliendo en el Recre. Todos, en formación. Y, por supuesto, serán el fútbol y los resultados quienes pongan a cada cual en su sitio.

Sin embargo, existen cuestiones donde el entrenador del Recreativo debe superar lo antes posible su bisoñez en el banquillo. Casquero ha sido un profesional y un excelente jugador de fútbol pero tendría que definir un poco más su carácter como entrenador. Aún veo al jugador en la banda. Aún escucho al jugador en las ruedas de prensa. Tengo la sensación de que mi entrenador, el de todos los recreativistas, aún no ha bajado al nivel que le corresponde como primerizo en las lides.

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