La naveta

Eduardo j. sugrañes

Amigos para siempre

Esta semana que ahora culmina en el Domingo Laetare tuvo un anuncio especial, de esos que aparecen por la calle y nos pregonan la Semana Santa con más eficacia si cabe que el mejor de los pregones literarios. Al porche de San Pedro llegaban los operarios municipales y se adentraban hasta los escalones de la Puerta del Mar, para dejar instalada la rampa de acceso a la parroquia mayor.

Era, sin duda, anuncio de Domingo de Ramos que se producía a algo más de 15 días antes de que el portalón de la mayor abra sus puertas y se desparrame por la ciudad la celebración pasionista que une en la fe a miles de onubenses. Algunos llegarán al espectáculo del teatro, pero quienes ponen los pasos en la calle saben por qué lo hacen, desde qué convencimiento y qué objetivos. Salimos para manifestar nuestra fe. Hoy que todo el mundo sale a la calle para utilizarla de un altavoz recientemente adquirido, nosotros lo hacemos igual, desde hace más de cinco siglos, para anunciar el año de gracia del Señor. No es fácil en los tiempos que corren, cuando otros que se manifiestan se preguntan qué hacemos en la calle, pues sencillamente eso, manifestar la fe. Por eso no dejan de ser chocantes los anuncios de regidores municipales y políticos autonómicos que sólo hablan para dar un titular económico: Esta será una magnífica Semana Santa para el turismo.

¿Y esto a nosotros, qué? Pues que también está muy bien, como la gastronomía, las torrijas, las cocas y hornazos, las tortillitas de bacalao, los garbanzos y las espinacas… y el arroz con leche.

En respuesta a eso no hemos escuchado en titulares de prensa o abriendo un telediario el bien espiritual que puede hacer vivir la Cuaresma y la Semana Santa. Ni lo vamos a encontrar nunca, cierto. La fe se vive interiormente pero tiene un objetivo externo que es el que hacen público las cofradías. La Cuaresma invita a un modo de vida que, por otra parte, es el que muchas veces oímos por ahí. La caridad, la amistad y un tiempo para reflexionar.

Lo que no se puede traducir sólo es en sonidos de cornetas y tambores, a incienso, a mecías y bordados. Que eso también, pero no es sólo eso. Es lo que envuelve lo que dice y quieren trasmitir lo pasos en la calle.

Sin embargo, basta sólo una mirada, un diálogo, alguien que no se encuentra con Él y lo hace en la calle, para que haya valido el esfuerzo.

La Semana Santa, sus cofradías y hermandades, tienen un valor muy especial. Es el de la cercanía que proporciona entre quienes quieren vivir la fe junto a unas imágenes, quienes desean notar aún más la cercanía y la unidad que proyecta una hermandad en un barrio y sentirse vecino y amigo.

Muchas grandes cosas tienen las hermandades que a veces olvidamos. Encontramos a personas con las que compartir un ideal, proyectar una ilusión y desarrollar un modo de vida. Donde acumular la mejor riqueza patrimonial que ofrece de manera insospechada, que es la amistad.

No entendería una cofradía sin quienes van a la casa de hermandad, los que se llevan semanas limpiando la plata tras la salida de los pasos para dejarla en las vitrinas con toda la nostalgia del mundo hasta que llegue un nuevo año, ni de aquellos que lo tienen todo en perfecto estado de revista para que ahora, cuando ya están puestas las rampas de las iglesias y los portalones se abren por la noche para las mudás sueñen en el día de salida.

La cofradía no tendría sentido sin esos momentos, porque lo primero es la vida en confraternidad y quien la rompa debería saber que está solo en un camino que es el alejamiento si no sabe vivir en cristiano. Porque entonces habría que pensar para qué echar los pasos a la calle.

No, me niego a pensar en algo que no sea el afecto. Las cofradías invitan a la amistad y a la cercanía, por eso si hay algo que gusta hoy día de los costaleros es que saben demostrar esa cercanía y compañerismo tras una chicotá. Cundo las cosas van mal, se ponen derecho bajo la trabajadera y cuando todo ha ido bien -como ocurre siempre- no dudan en mostrar ese afecto y le vemos en el brazo fraterno y dándose besos; quién lo diría entre hombres forzudos que, en definitiva, para algunos son meros cargadores. Porque dejan de serlo para convertirse en amigos para toda la vida, porque eso es lo que hacen las cofradías: Amigos para siempre.

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