Jesús Carrasco. Escritor

"A veces siento que la vida es un desaprendizaje, más que lo contrario"

  • El narrador regresa tras el éxito de 'Intemperie' con 'La tierra que pisamos', una novela sobre el descubrimiento del otro ambientada en una España sometida a un imperio centroeuropeo.

En La tierra que pisamos (Seix Barral), el nuevo libro de Jesús Carrasco, un poderoso imperio ha sumado a sus tierras la geografía española. En un pueblo de Extremadura, una mujer que consagra sus días a cuidar a su marido enfermo contempla con recelo cómo un desconocido se instala en su propiedad. Una norma prohíbe mantener relaciones con extraños, pero Eva Holman no reúne el valor para expulsar a ese hombre: ese visitante incómodo en un principio será el detonante para que la protagonista experimente una profunda transformación. Tras el fenómeno de Intemperie, Carrasco (Olivenza, Badajoz, 1972) supera con creces la prueba del segundo libro gracias a una historia emocionante, honda y escrita con una prosa excepcional.

-Tras el universo masculino de Intemperie, ha creado un personaje femenino muy potente. Una mujer a la que se le han derrumbado las certezas de Dios y de la patria y que por eso puede mirar al otro más allá de los dogmas.

-Digamos que está en el proceso de tirar los dogmas por la borda. Esa es una experiencia común a casi todos los seres humanos: en algún momento de la vida, al menos esa ha sido mi experiencia, nos damos cuenta de que algunas partes de aquello que hemos aprendido son erróneas, corresponden más a los intereses de otros que al nuestro propio. A veces siento que la vida es un desaprendizaje, más que un aprendizaje, que es intentar soltar ese lastre con el que cargamos.

-Es el caso de Eva.

-Ha vivido en una cultura muy rígida, colonial, casi decimonónica, y es una mujer a la que ese traje no le encaja. Cuando entra en contacto con el otro personaje de la novela, con Leva, empieza a notarse las costuras de ese traje, a preguntarse cuál es su lugar en el mundo, a desaprender y al mismo tiempo a aprender.

-Es un tiempo en el que, como dice, la mujer apenas puede hablar de música y de pintura y refrendar las opiniones políticas de su marido, poco más.

-La mujer, al menos en estas élites, era una especie de adorno que recibía en los salones y se comportaba al servicio del hombre y del discurso oficial. Pero ella puede interpretarse como una rebelde, como un ser humano sensible. Incluso inmersos en una cultura tan cerrada como la que narro en el libro había posibilidad de descubrir zonas anómalas que no se correspondían con la realidad. De hecho, el mundo cambia gracias a estas personas. Gente como el protagonista de El sueño del celta de Vargas Llosa, Roger Casement [un cónsul británico que se preocupó de las injusticias que se cometían en los países colonizados].

-En los libros de Historia que manejan los personajes la anexión de España aparece como hermanamiento, se dice que los soldados han venido a pacificar. Es curioso cómo el lenguaje puede ser cómplice del poder...

-Y en parte mi interés por la literatura o el hecho de querer ser escritor tiene su origen en la curiosidad por estas potencialidades. En algún momento me di cuenta de que dominar la lengua es dominar, en la medida de lo posible, la propia vida. Al menos, con el dominio de la lengua estás preparado para descifrar los mensajes que te llegan. Este tipo de mensajes políticos y otros: todo lenguaje está cargado de intención.

-A pesar de su condición de ucronía, de transcurrir en la Europa del siglo XX, el libro tiene mucho de diálogo con el presente. El trato que Leva y los suyos reciben recuerda al drama que viven ahora los refugiados...

-Es una coincidencia, el libro estaba escrito antes de que estallara en los informativos la llegada de los refugiados de Siria, pero todos sabemos que la Historia se repite. Lo que estamos viviendo en Europa ahora es algo que ha sucedido hace no mucho con los Balcanes. Emigraciones que se deben a la violencia de una guerra o por temas económicos, por la búsqueda de bienestar, de paz, de dignidad.

-En la peripecia de Leva hay algún momento de violencia explícita, pero en general usted se acerca a su tragedia con delicadeza, con prudencia.

-Hay una frontera muy fina entre mostrar y exhibir. Me gusta, seguramente en algunos momentos no lo consiga, hacer una representación de la realidad no como figura sino como fondo, como silueta. Describo lo que pasa alrededor con la idea de que el lector sea capaz de poner lo que hay en el centro. Digamos que trazo la cerca de la finca y que el lector diga que allí hay una finca. En el caso de Leva, que es un personaje que ha sufrido mucho, ese recurso me evitaba entrar al detalle en su drama, y también generaba espacio para el lector, que éste fuera capaz de aportar su visión y completar la obra.

-En la novela se repite una idea: la de que el dolor nos hermana.

-Supongo que esa es una de las experiencias más auténticas que puede experimentar un ser humano. Tras eso hay una idea de horizontalidad: tú puedes ser el mayor de los millonarios, el más exitoso de los hombres o de las mujeres, pero ojo si se te muere un ser querido. ¿Quién soporta la muerte de un hijo, por ejemplo? Ese dolor nos pone a todos en la casilla de salida, da igual que seas el último paria de la Tierra o la persona más afortunada. El dolor nos iguala, sí.

-La tierra que pisamos explora cómo la Historia se levanta sobre la sangre de los otros y se pregunta cómo gestionar el pasado. A su modo, toma posición en el debate de la memoria histórica.

-El pasado hay que gestionarlo como cualquier conflicto psicológico. Nadie que tenga un conflicto en su persona, o con su entorno más directo, su familia, su pareja, sus hijos... nadie lo resuelve metiendo el problema en un armario, o bajo la alfombra, en el silencio. Cualquiera que haya tenido un problema lo ha resuelto dialogando, hablando, poniendo fuera lo que está dentro. Eso produce dolor, pero es el único camino para construir de una manera sana ya no las sociedades sino las psicologías individuales. Si esto lo llevamos al terreno político, en este caso de la memoria histórica, ocurre igual. Si no aireamos una herida mal cerrada, si no reconocemos el dolor de los otros, si perpetuamos la indignidad de que las familias no puedan poner flores a sus muertos y saber dónde están los cuerpos, no podremos ser una sociedad saludable.

-He leído en una entrevista que sus autores favoritos son urbanos, pero con La tierra que pisamos reincide en lo rural.

-No siempre son urbanos. Por ejemplo, las obras de Cormac McCarthy transcurren al aire libre: salvo The Sunset Limited, que transcurre en una habitación, yo creo que el resto de sus novelas tampoco tienen mucho escenario bajo techo. Pasa también con Coetzee: estoy pensando en algunas de sus mejores obras y suceden fuera. Y con Faulkner no me vienen a la cabeza habitaciones, sino ese sur húmedo y frondoso, la exuberancia de sus paisajes. Al mismo tiempo me encantan Carver y Auster... Hay un poco de todo. Esa vuelta a lo rural no es algo premeditado pero tampoco es casualidad. Quiero contar historias humanas, y ocurre que yo, un hombre de pueblo, me voy al mundo rural porque está ahí el pozo de mis emociones, yo he crecido allí.

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