Crítica cine

Otro toro de Scorsese devuelto a los corrales

Shutter island. EEUU, 2009, Cine negro. 138 min. Director: Martin Scorsese. Intérpretes: Leonardo Di Caprio, Mark Ruffalo, Ben Kingsley, Michelle Williams, Patricia Clarkson, Max von Sydow, Emily Mortimer, Jackie Earle Haley. Guión: Laeta Kalogridis.

El destino de la brillante generación de cineastas de los 70 ha sido catastrófico. Coppola manifestó signos de agotamiento en 1990 (la lamentable autoparodia de El Padrino III), ofreció su última obra grande en 1992 (Drácula de Bram Stoker) y su última película estimable en 1997 (Legítima defensa); desde entonces en 12 años sólo ha rodado dos películas: una no estrenada (Youth without Youth, 2007) y otra que más vale que no se hubiera estrenado (Tetro, 2009). Lucas añadió a la primera trilogía galáctica (1977-1983) la penosa secuela de la segunda trilogía (1999-2005). Cimino cayó el primero, tambaleándose ya con Las puertas del cielo (1980) y hundiéndose después con bodrios como El siciliano (1987). Hasta Allen, que es el mejor envejecido de su generación, ha pegado trompicones del calibre de Vicky, Cristina, Barcelona.

La filmografía de Martin Scorsese, por su parte, ha ofrecido un único título interesante (Los infiltrados, 2006) en la última década, habiendo conocido antes otro bajón de una década entre Toro salvaje (1980) y Uno de los nuestros (1990). Pero aquel bajón -del que nacieron títulos menores pero no carentes de interés como El rey de la comedia o El color del dinero- no tiene comparación con el abismo creativo en el que ha caído desde la espléndida Casino (1995) y la estimable Kundun (1997) hasta hoy. Diez años en los que nos ha presentado erráticos, autoparódicos y fallidos mamarrachos como Gangs of New York o El aviador. La que ahora nos ofrece es la película más mediocre, disparatada y aburrida hasta ahora firmada por él.

Se hace difícil pensar que es el autor de Taxi Driver o Toro salvaje el que nos presenta a un Di Caprio que parece un mozalbete disfrazado de detective en una parodia del cine negro de los 50; y el que lo mete en una trama que pretende homenajear a la serie B gótica de la RKO producida y escrita por el gran Val Lewton (a quien Scorsese le dedicó el documental Val Lewton: The Man in the Shadows) que produjo y escribió títulos extraordinarios (y no reconocidos en su día por la crítica) como La mujer pantera de Tourneur, El ladrón de cadáveres de Wise o El barco fantasma y Bedlam de ese grandioso artesano (también nunca reconocido por la crítica) que fue Mark Robson.

Como en Bedlam, a la que esta película imita sin alcanzar ni tan siquiera el dobladillo de la capa de Boris Karloff, el jovenzuelo disfrazado de detective de los años 50 se mete en un siniestro manicomio dirigido por un malvado doctor interpretado por un Ben Kingsley disfrazado de Karloff para acabar metido en esas telas de araña mentales que nos contaron, y mucho mejor, Corredor sin retorno, El mensajero del miedo, la ya citada Bedlam o -sin ir más lejos- El intercambio de Clint Eastwood.

Conspiraciones, servicios secretos, el Comité de Actividades Antiamericanas y experimentos truculentos se mezclan (en la realidad o en la mente de un loco) en un guión que parece escrito por un friki con indigestión de series B y realizado -como el reciente documental de la BBC- por un chimpancé. Cuando, en el clímax trágico, Leonardo di Caprio grita "¡noooooo!" mientras la cámara asciende en un plano cenital es inevitable no acordarse de las parodias de Los Simpson. ¿No le da vergüenza rodar estas cosas?

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