Fuera de toda contingencia

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Más de una vez he traído a estas páginas la obra y el pensamiento del pintor francés Maurice Denis. Si considero su pintura, más aún admiro sus reflexiones, la mayoría tintada de una claridad y una didáctica que consigue el milagro de ver al ciego, de capacitar al obtuso que cerciora ante Dios que el arte contemporáneo es fruto de fraudulentos mercantilistas y jamás de la irresistible evolución humana.

Traigo a colación a Denis porque ayer pude admirar la obra de Santana, de Enrique Romero Santana (Lepe, 1947), un pintor de dilatada y trabajada trayectoria que comenzó en Huelva, esponjeado de la luz, a finales de los sesenta para residir y ser aclamado en Chicago como referencia de un arte del paisaje que frisa con precisión el realismo de la iluminación y el realismo de la sorpresa fotográfica. La obra expuesta no tiene desperdicio, todo un ejercicio de cómo pintar y cómo saber pintar. La obra expuesta es de tal belleza, de tan hondo sentimiento, que los aderezos adicionales (el boato de la inauguración y de las invitaciones finalmente no aceptadas por compromisos de última hora y la teatralidad de la puesta en escena) se obvian por inconsiderados, por innecesarios. Efectismo. Disfraz sobre la belleza. No se le puede poner más haz de luz al sol.

Denis fue aquél que dijo sin torturas académicas que "acordarse de que un cuadro, antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o una anécdota cualquiera, es esencialmente una superficie plana cubierta de colores reunidos en cierto orden". Si accede a las Cocheras del Puerto, espacio magnífico para disfrutar del Arte en la representación y advocación de todas sus musas, podrá al instante intuir que el razonamiento de Denis es, en su simplicidad, inteligencia natural, observación limpia y entendimiento lógico. La obra de Santana se despliega poderosa con una lección sin término de cómo un mar descontrolado de infinitas partículas de pinceladas de todos los tamaños, de todos los instintos, de todos los sentimientos, de todas las sensaciones… Se detiene, determinada y orgullosa, sobre el lienzo para personalizar, de cerca una cosa y de lejos otra mucho más legible, una escena donde el color de la pintura convierte por arte de magia la luz en orden natural, en forma, en objetividad.

A modo de bosque, al final de estas líneas reflexionaremos sobre cómo está expuesta la obra, un mar de mares se despliega sobre un inmenso espacio en penumbra. Una luz de farándula ilumina cada una de las piezas. De cada una, son 64, pueden crear un mundo, un mundo de agua que ni la pincela ni la reflexión serán la misma. Siempre en ebullición. En este mar de mares donde la luz transita en libertad, Santana parece como si quisiera compilar el recorrido de su pincelada desde aquellos cuadros de venta fácil sobre sofá y aparador a aquellos inmensos y titánicos sin dejar de ser sensitivos e intuitivos donde el lago-mar Michigan se hace atlántico sur de Huelva, y donde la arquitectura de acero y cristal de Chicago se pellizca por increíble. Se respira por pura. Por cierta. Por tangible.

Santana, como dijera Denis del gran Henry Matisse, el maestro del color y de la línea, es un pintor fuera de contingencia, ya que su obra es una maravillosa y pura representación del acto reflexivo, expresivo y anímico de pintar. Pintar en sí. Pintura en sí. Sin más. Adiós a las manipulaciones flatulentas. Adiós a los edulcorantes. Bienvenida la sencillez, la inteligencia de lo natural.

Apuntábamos antes que en esta exposición de las Cocheras del Puerto, Santana se homenajeaba. Este tránsito de la luz en sus dos mares, de América y de Huelva, reivindica al pintor descubridor. Al pintor que fue capaz de expresar con pincelada gruesa de rocoso expresionismo el paisaje de Huelva. Al pintor que drogó con una pincelada lavada, casi inapreciable, el realismo más minucioso para alucinarlo de sobrerrealismo. Apariencia y recuerdo latentes. Al pintor que se ha hecho inmenso en Estados Unidos a base de ser él mismo, un artista con psicología, un artista con magisterio, un artista con divulgación. Formación y empatía.

En ese tránsito, y espero que su talento admita las citas, veo a Degrain, Sorolla, Gómez Gil, Orduña Castellano, Lane, Toorop, Grifford, Bingham, Cropsey, Homer, Sheppard... Como también veo… A los tantos que te ven, a los tantos que te admiran y que te persiguen. A los tantos que no puedo ni quiero nombrar. La vida misma. Evolución natural.

Finalizo estas torpes letras con ganas de volver a verte, con ganas de sentir tu pintura, un ejercicio de esgrima donde el florete es pincel impregnado de colores. Si usted, lector, tiene dos minutos, si la caló del estío que en breve comienza le conmina al suicidio, acuda a las Cocheras del Puerto, Santana le regalará el frescor que otros son incapaces de desprender, de surtir. Su obra, repito, en su sencillez, acompleja por imposible. Escribir preciosa es fútil; terapéutica, soberbia y brillante, es justo.

No quisiera terminar estas palabras sin poner en cuestión la puesta en escena de la exposición. Seguramente a todos guste. Pero… Me parece innecesaria. Que la Cochera del Puerto sea un espacio de representación teatral no implica que la coordinación o comisariado de la muestra subyugue la obra de Santana. Si atendemos a los títulos de créditos del catálogo reflexionamos cómo otro autor de otra disciplina artística es capaz de hacer obra dentro de la obra, espacio dentro del espacio. A Audrey Hepburn no le hace falta maquillaje. Ni escuchar a Mozart libreto guía. Ni a la rosa de Juan Ramón Jiménez más palabras.

El mar de Santana me parece tan cristalino, tan limpio de prosapia, que iluminaciones teatrales, disposiciones efectistas y griñales y guiñoles que no han venido me parecen, así de contundente, INNECESARIOS. Si bien, al marcharme de los faustos de la inauguración, pensé que a más de uno César Portela y/o José Ramón Moreno lo ha podido capacitar de vestimenta, belleza interna, modestia e inteligencia para sentir, hablar y razonar como el Dios creado por los hombres dio a entender al humano. Un poquito de por favor repetía un cómico de la cuerda. Tan poco es tanto, aunque sea mucho para tantos… Que tanto tiempo le ha dado el tiempo (y las urnas) para formarse.

Regresando a Juan Ramón, que Dios, que es más humano que la inteligencia, me conceda el nombre exacto de las cosas porque una… No es capaz de encontrarlo.

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