cRITICA DE ARTE

El tiempo detenido

Hacía años que esta plumilla no asistía a un acto con tanto público, con tanto devoto, con tantos colegas, con tantas amistades, con tantas autoridades. Y menos, de colores tan dispares, diferentes y enfrentados. No sé por qué se me vino a la mente aquella canción de Mecano, Un año más -¿cuestión de fechas?-, que en una de sus estrofas alzaba la voz para sentenciar la presencia de "marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes y alguno que otro cura despistao". Pero también pintores, concejales, ex-de-muchas-instituciones y es-perpetuos-de-otras-tantas, rectores, vicerrectores y directores, gerentes, industriales, parados, periodistas, curator, mañaras y bradomines, rinconetes y cortadillos, ronaldos y messis, ortegas y gassets…

El Museo de Huelva se puso las galas como yo no recordaba. Y en ese acto que cada día más me cuesta recordar, porque a menudo duele y entristece, citaría como parecido las… Pues no me acuerdo. El caso es que la exposición antológica de José María Franco constituyó un acontecimiento social y cultural de primer orden. Me gustaría, desde ya, ser mi admirada Carmen Rigalt, pero como las limitaciones de una no son sólo físicas, me conformaré con un mix de crónica artística salpicada de crónica social. Lo que sea… sea, y así será.

Tras el frío intenso del lunes 3, todo el mundo pensó que santa Bárbara iba a consentir que en su día, el 4 de diciembre, nos heláramos. No fue así. Como buena patrona de Artillería y de los mineros, sacó dinamita para ahuyentar todo aquello que no fuera calor. Y más en el día, precisamente, que nació Franco. Matizo, no José María el gran pintor onubense, sino Francisco, aquel caudillo ferrolano que anduvo a la fuerza cuarenta años con nosotros y parece que dejó huella y regusto en que otros también estén cuarenta años con nosotros merced a otras fuerzas.

Dejemos a santa Bárbara y sus protegidos y dancemos por una inauguración que, sin duda, es parte ya de la historia de nuestro museo provincial. Una vez finalizados los discursos -los hubo emocionantes, protocolarios, al uso y al abuso-, subimos con parsimonia a las dos salas de la primera planta que cobijan la exposición. Allí, de nuevo, continuaron las palabras, los discursos, las fotos y los agradecimientos. Era tal la cantidad de personas que, desgraciadamente, no pude contemplar los cuadros. Chica, por no escribir bajita, que es una. Ni los Jimmy Choo pudieron auparme. Fernando Martín, qué te echo de menos, veinte y tres años después de tu desaparición, tal día como ayer. Ahora bien, de cuadros, de momento, poco qué decir, pero si quieren pregúntenme por abrigos de peso en oro, faldas plisadas y entalladas, encajes de Flandes, tocados muy tocados, corbatas apretadas, americanas tanto del Barato como del Massimo, trajes de cortes varios y variados, escotes made in Newton, sonrisas impolutas, anillos y colgaduras (más que colgantes), boinas Che Guevara, coletas National Geographic, gafas de Dolce y cientos de recuerdos de aquella hermosa película de Redford y Streisand, Tal como éramos.

Salí, con la mano en el corazón, contenta y satisfecha de que un pintor que ronda los ochenta sea capaz de congregar lo que ochenta jóvenes y menos jóvenes son incapaces. Ese día, insisto, no vi nada, tan sólo el eco social y el pellizco del cariño a un hombre, a un artista, que ha dedicado toda su vida a lo mejor que sabe hacer: crear. Y el acto de la creación, a tenor por la hondura de su palabra, no es un acto de reproducción, es pura capacidad reflexiva. Y todo ello… degustado en y con ochenta años de vida.

Como comprenderán, al día siguiente regresé al museo para contemplar lo que no pude el día anterior. Es curioso, pensé que iba a encontrarme con una lentejuela de Ana Tudor o bien de María Antonieta, pero no, me topé con una notabilísima exposición, algo abigarrada, de un pintor todo honradez, sacrificio, estudio y compromiso natural.

No voy a engañar, no conocía mucho de José María Franco; algunas cosas presentes en el Museo y fundaciones capitalinas, además de sus incursiones en la prensa local y sevillana, pero no tengo más remedio que pedir perdón. Probablemente, no sea el mejor paisajista ni el mejor colorista. Tampoco el mejor dibujante, el más acertado luminista. Ni qué decir de acercarse a la propiedad conmutativa del diálogo entre poeta/pintor y naturaleza. Pero sí que me atrevo a argumentar que en oficio, en sentencia, en valentía, en disponibilidad, en taller, en investigación, en aculturación y en respeto a las herencias es todo un ejemplo. Es, si me permiten, un maestro. A la antigua usanza. Con todo su saber. Con toda su bondad. Tan clásico que se pierde en el tiempo. Tan clásico que es presente. Todo un orgullo para Pedro Gómez y José María Labrador. Todo un orgullo para las generaciones posteriores.

En definitiva, la inauguración fue todo un acontecimiento social, lo cultural sólo lo pudieron exprimir los jugadores de baloncesto, pero la exposición, que estará hasta finales de enero, es un compromiso que ha de adquirir todo ciudadano si quiere conocer la nobleza de un pintor que se ha hecho grande, muy grande, a fuerza de ser un humilde intérprete del paisaje. Qué me alegra que Huelva, junta, se manifieste por algo suyo. Y Franco, tan solo hay que contemplar los cuadros, es Huelva.

José María Franco, un paisajista excelente.

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