La pureza y el lodo

Antes hemos escrito que el título de este volumen era acertado y paradójico. Acertado en cuanto que la obra de Bukowski nace del dolor, de la desmesura y de un concepto agónico del mundo. Paradójico por lo que sus poemas tienen, a veces, de brusca epifanía en el lodo. Ya lo hemos señalado, con ocasión de otro libro, en esta mismas páginas: Bukowski viene de Henry Miller, de Fiodor Dostoievski, de D. H. Lawrence; pero también, y principalmente, de aquel poeta airado y visionario, como un anacoreta de Long Island, que fue Walt Whitman. Toda la expiación y la súplica de Bukowski, todos sus estremecimientos corporales, vienen ya prefigurados, en apretado linaje, por la poética robusta y despejada, ciertamente religiosa, del neoyorquino. Más que el orientalismo hippie que le atribuyen sus comentadores, lo que en Bukowski asoma es una América protestante, levítica, regida por el Antiguo Testamento. Una América donde los hombres son libres e iguales ante el dolor, ante la justicia implacable (ojo por ojo) del Altísimo. Para Bukowski, el sufrimiento de Cristo, al que tantas páginas dedicó, era tan incomprensible como inútil. Esto explicaría buena parte de su obra, en la que la cólera y el abatimiento no son sino los aspectos de una misma pesadumbre: no hay redención; sólo una culpa inextinguible. James Ellroy es el último animal herido que se ha unido a este planto. Charles Bukowski, así, será el profeta oriental que declama y aúlla, tentado por las luces, en una nueva Babilonia: la grande, la inabordable, la insomne y pecaminosa ciudad Los Ángeles.

Murió Jaime Salinas, el gran editor, un caballero, como ha precisado Guelbenzu, de estirpe bostoniana. En la vieja ciudad de Nueva Inglaterra pasó su juventud, antes de alistarse como voluntario en el cuerpo de ambulancias que acompañaba a las tropas norteamericanas que liberaron Alsacia y Lorena. Ya de vuelta a España, en Seix Barral, en Alianza, en Alfaguara o en Aguilar, dejó el sello de una manera de hacer que perseguía la excelencia, como se oye ahora por todos lados, pero sin buscar protagonismos de ninguna clase, por el puro gusto del trabajo bien hecho. Era un hombre sabio y discreto al que debe mucho la cultura española. No pudo o no quiso concluir sus memorias, tras entregarnos un volumen que cubría sus primeros treinta años de vida, hasta 1955, justo cuando decidió iniciarse en la profesión de los libros. En las últimas líneas de Travesías (Tusquets, 2003), Salinas evocaba su entrada en el viejo edificio de Seix Barral, cuando sintió "el olor, casi familiar, de la tinta", dejándonos literalmente a las puertas de su fecunda y admirable trayectoria editorial.

Otro editor pero de distinta escuela, el norteamericano Gordon Lish (Hewlett, Nueva York, 1934), ha visto publicadas dos de sus novelas en España, ambas por Periférica. Si en Perú (1986) narraba un oscuro y tortuoso episodio de infancia, Epígrafe (1996) recrea el dolor que sintió tras la muerte de su esposa. Son dos libros desconcertantes y perturbadores, que no desentonan en una personalidad combativa y poco o nada complaciente. Es fama que lo llamaban el Capitán Ficción, por su habilidad para dar a conocer nuevos talentos, y entre sus autores se encuentran nombres como Carver, DeLillo o los beat, a quienes les une un cierto espíritu libertario que ejerció al frente de la editorial Alfred A. Knopf o de la revista Esquire. Lish ha definido su tarea de editor equiparándola, con Salinger, a la del cazador (catcher) entre el centeno que evita que los escritores que empiezan se conviertan en un producto.

"Sin unos ideales éticos, un periódico podrá ser divertido y tener éxito, pero no sólo perderá su espléndida posibilidad de ser un servicio público, sino que correrá el riesgo de convertirse en un verdadero peligro para la comunidad". Tal vez estas palabras suenen hoy demasiado beatíficas, pero siguen siendo verdaderas. Las escribió el famoso editor norteamericano (nacido en Hungría) que da nombre a los premios Pulitzer, y podemos leerlas en un librito publicado por Gallo Nero, Sobre el periodismo, que contiene muchas otras afirmaciones estimulantes, tanto más necesarias en tiempos de incertidumbre. Desde las páginas de The World -rival de The New York Morning Journal, que dirigía el no menos célebre William Randolph Hearst-, Joseph Pulitzer no siempre siguió en la práctica los altos principios que lo inspiraban, pero con el tiempo fue capaz de renunciar a la tentación del amarillismo en el que había militado para denunciar los peligros de "una prensa mercenaria, demagógica y corrupta". Prologado por Irene Lozano, el libro aparece publicado en una colección, Piccola, que rinde homenaje a la serie homónima de Adelphi.

La legendaria colección Austral, que vio la luz en Argentina bajo los auspicios de Ortega, en plena Guerra Civil española, remozó no hace mucho su imagen con ocasión del septuagésimo aniversario, manteniendo el icono de Capricornio y, ya sólo en la serie Clásica, los colores distintivos por género. Estos días, la más joven pero no menos importante El libro de bolsillo de Alianza, nacida en 1966 de la mano del propio Salinas -y de Javier Pradera- y asociada largo tiempo a las cubiertas rompedoras de Daniel Gil, ha renovado su apariencia de la mano de Manuel Estrada. El formato es más ancho y los libros más flexibles, más cómodos de leer. En las nuevas cubiertas hay de todo: del consabido fragmento pictórico a composiciones más o menos felices, algunas muy buenas, en la línea conceptual de la casa.

Apenas habíamos tenido noticia de sus relatos en España, salvo alguna traducción en catalán y ecos de las ediciones argentinas. Ahora, por una de esas casualidades no infrecuentes en el mundo editorial, coinciden en librerías dos títulos del genial humorista Alphonse Allais (1854-1905) y ambos ven la luz en editoriales andaluzas: El Captain Cap, publicado por Berenice con introducción de David González Romero, y Morir de risa, que aparece en la colección Errantes de El Olivo Azul, prologado por Andrés Barba. Dice este último que Allais "reía porque confiaba en las ideas y desconfiaba de los sentimientos", lo que explica que ya no nos riamos tanto. Fue un artista de la mixtificación, nos explica el primero, inspirador del "fumismo" y precursor de la vanguardia, el absurdo o la patafísica. Aire fresco por más que centenario.

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