El principado pontificio en perspectiva

  • Akal rescata un ensayo de referencia de Paolo Prodi sobre el poder terrenal de la Iglesia católica

En los viejos manuales al uso aún es posible leer que los Papas se convirtieron en el siglo XV en príncipes temporales, de costumbres mundanas y gestos nepotistas, olvidando así la función arbitral que habían tenido para la comunidad cristiana medieval. Dentro de esta narrativa histórica moralista, la Reforma y la posterior respuesta católica, forzada por los acontecimientos, constituía el punto de inflexión que habría traído la necesaria renovación disciplinar a la Iglesia, obligando al Papado a asumir nuevas funciones de dirección espiritual. El Estado Pontificio, como institución política, quedaba así relegado, para la historiografía confesional a una servidumbre material, necesaria pero accesoria a la vocación esencialmente universalista y apostólica de la silla de Pedro. Mientras que la historia política, sobre todo hecha desde los países protestantes, asignaba al Estado romano el papel de una figura residual, incómoda y entorpecedora, dentro del proceso de formación de los estados modernos. Curiosamente ambas tendencias, aunque desde presupuestos ideológicos muy distintos, coincidían en ignorar la aportación de la experiencia estatal del Principado romano a la historia del poder, contribuyendo al desencuentro entre la historia política y la historia eclesiástica que en la primera Edad Moderna son dimensiones indisolubles.

A pesar de las geniales intuiciones de Ranke o Kantorowicz, este esquema comprensivo era todavía dominante cuando irrumpió en el panorama historiográfico la obra fundamental de Paolo Prodi, publicada por primera vez en la editorial Il Mulino en 1982. Treinta años después de su concepción, la producción histórica sobre la corte pontificia se ha multiplicado y algunas hipótesis de partida del prestigioso profesor deben ser naturalmente matizadas, pero su libro conserva el mismo potencial de reflexión que deslumbró en su momento y, por eso, es una excelente noticia que Akal lo haya rescatado para el lector español, descubriéndonos el origen de una línea de estudio que ha tenido luego notables continuadores.

El trasfondo del pensamiento de Prodi (en este libro, en realidad sólo insinuado, pero desarrollado en sus obras más teóricas) apunta a una mutación del estatuto de la teología dentro de la cultura católica que, despojándose de los valores universalistas que la habían caracterizado en el medioevo, colocó la conducta humana en el centro de su reflexión, a fin de armonizar y de dominar, como ciencia de principios últimos, los esfuerzos reguladores de la ley y del derecho -muy aconsejable la lectura de su obra Una historia de la justicia (Katz, 2008)-. No se podría haber llegado ahí sin la experiencia histórica del estado pontificio, en su fase fundamental constitutiva, que se extendió de mediados del siglo XV a mediados del XVII. Fue entonces cuando los Pontífices, en palabras del autor, "se transformaron en señores de un Estado en vías de consolidación", un proceso que alteró la propia institución papal, pero que, sobre todo, tuvo consecuencias determinantes para el propio proceso de construcción de las monarquías absolutistas europeas. Guicciardini, contemporáneo de los hechos, supo percibir la naturaleza radicalmente nueva de esta concentración de un poder, a hechura de una voluntad personal, que no exceptuaba a los clérigos. Antes bien, como razona Prodi a partir de la información de los embajadores venecianos, el peso creciente del poder temporal del Pontífice se notaba en todas sus actuaciones, poniendo a su servicio, no raramente, la propia investidura espiritual. Los capítulos centrales del libro, en los que el autor se analiza la maquinaria gubernamental que se puso en marcha después de las reformas de Sixto V y el papel de los nuevos representantes del Papa, los clérigos-funcionarios, en el seno de las provincias del Estado, pueden considerarse como una demostración de tal aserto, en la medida que ponen de manifiesto el estrecho vínculo entre las estructuras de gobierno de la iglesia y la estructuras del estado naciente pontifical.

Se abría paso, en suma, un nuevo lenguaje soberanista que escogía elementos del discurso político de su tiempo, pero asimilándolos, a su vez, a las figuras de los reyes-patriarcas del Antiguo Testamento y reapropiándose de mitos de la Antigüedad clásica, todos ellos, nuevos útiles en una pragmática del poder que, sin embargo, tardará en definirse como teoría coherente sobre la conveniencia de que ambos poderes (el espiritual y el temporal) se reúnan en la persona del Pontífice, no por motivos teológicos, sino por razones de oportunidad y necesidad, como se encargó de señalar el cardenal Bellarmino. Teoría del poder indirecto que llega hasta Hobbes cuando entrevé la necesidad de recuperar el poder eclesiástico en el civil. Un tema, por cierto, que la historiografía española más reciente ha redescubierto al subrayar el valor del paradigma del "gobierno pastoral" en la política de los últimos Austrias, y al que Prodi también regresa en el epílogo a la nueva edición italiana de 2006 (que ha sido la escogida para esta traducción) al salvar de la crisis del modelo pontificio que sobrevino después de Westfalia, el control sobre las conciencias que, ya en tiempos burgueses, fue el último intento desde Roma de construir una soberanía de tipo universal.

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