Una película mítica

A pesar de los años transcurridos desde su muerte, el nombre de Alfred Hitchcock nunca ha dejado de ser referencia en el mundo del cine. Y no sólo eso, sino que está presente en la instrumentación que muchos directores de hoy hacen de sus películas. Es seguro que su nombre ha sonado mucho en las nuevas generaciones de aficionados al cine, pero que no tienen fundamento para comprobar tanto prestigio. Sólo lo conseguirán viendo sus películas. Por ejemplo una tan elogiada como Vértigo, considerada una de sus mejores realizaciones, calificada por algunos críticos como una de las obras maestras de la historia del cine.

Bien es verdad que muchas veces, cuando uno considera su obra, el cine de Hitchcock se sitúa en una órbita indefinible, por encima de genéricas convenciones manejadas según la ocasión. Es difícil a veces acercarse a la inagotable complejidad de una ejecutoria notable, cuyas sugerencias y posibilidades de lectura se multiplican en cada una de las visiones de sus películas. Vértigo es una de ellas donde se combina esa alquimia propia del llamado genio del suspense, es decir intriga y ciencia-ficción o fantasía. Una trama planteada en clave de tragedia, festoneada como siempre en este director por ese deus ex machina, como ese pasaje -entre otros- en el que la monja asciende por la escalerilla de la torre y dice: "He oído voces".

Estamos ante un argumento de constante persecución: El detective John Scottie Ferguson, con problemas de vértigo, sigue en automóvil, con detención en varias estaciones, al fantasma femenino que se ha apoderado de su alma. La muerte de Madeleine, la esposa de su antiguo amigo de la Universidad, Gavin Elster, quien le ha pedido que la vigile, porque parece poseída por el espíritu de su abuela muerta cien años atrás, le tiene obsesionado. Cuando descubre a una mujer de extraordinario parecido con Madeleine, la seguirá implacablemente tratando de descubrir en ella el misterio de su pasado.

Vértigo es un film que ha fascinado a muchos críticos y estudiosos del cine de Alfred Hitchcock, en cuya temática se dan todas las constantes de sus mejores logros cinematográficos, incluido el sexo o la necrofilia, que siempre supo insinuar, sugerir o situar habilidosamente, en este caso por la clara influencia de la novela original. Pero es sensible para el espectador ese itinerario emocional y sensitivo del protagonista y la presencia fulgurante y arrebatadora de Kim Novak, otra de las rutilantes rubias de su filmografía, que configura esa visión de la ninfa egeria del realizador y de las morbosas pesadillas del protagonista, correctamente interpretado, como siempre, por James Stewart. No podemos obviar el claro homenaje a Luis Buñuel, a quien Hitchcock admiraba, y tanto recuerda a una de sus geniales películas: Él (1953), realizada durante su exilio en México.

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