Fila siete

Otra odisea espacial

Lo escribíamos ayer y en esta sección se publicaba. Siguiendo el dicho popular: "no es oro todo lo que reluce". Se esperaba más de Prometheus (2012), la última película de Ridley Scott, uno de los más reputados directores de los últimos tiempos con títulos en su filmografía que se han convertido en incunables de la ciencia ficción. Prometheus que no ha conseguido ni el éxito de público esperado ni que los críticos se pongan de acuerdo sobre la calidad de la película, surgía como una precuela de Aliens, el octavo pasajero (1979), tenido por muchos como obra maestra del género. Es decir un film que nos presentaba una especie del origen de la monstruosa criatura espacial.

Invocaba yo en mi crítica, publicada aquí el 24 de agosto pasado, un título para mí señero en la anticipación cinematográfica, 2001, una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick. Y revisando el film de Scott, me persuado de que la cita no venía a título de inventario. Porque Prometheus, la veo muy lejos de Aliens, el octavo pasajero y sus secuelas. ¿No será que el realizador británico ha pretendido seguir los pasos de Kubrick y más toscamente nos ha embarcado en la metafísica del propio origen de la humanidad? Una vez más la eterna cuestión que debate el hombre desde la noche de los tiempos: ¿De donde venimos, adonde vamos?

Y ahí estamos. Por encima de cualquier consideración de orden físico o moral o también, ¿por qué no?, de los principios religiosos que iluminan las diversas creencias, establece una teoría según la cual los habitantes de la Tierra procedemos de unos extraterrestres de privilegiada tecnología. A estos menesteres filosóficos dedica Ridley Scott una buena parte inicial de su pretenciosa película. Habitual de las imprecisiones históricas como perpetró en Gladiator (2000) y El reino de los cielos (2005), el director se descuelga con estos precedentes alienígenas para instrumentar un relato quizás excesivamente recargado de conceptos de puro diseño e indudablemente discursivo, complicado enfáticamente de complejidades fatuamente metafísicas. Todo ello va empezando a pesar en el espectador a medida que se desarrolla la barroca narración.

Quizás también a Ridley Scott, que cuida irreprochablemente la potencia visual de sus imágenes y, sobre todo, la calidad de sus montajes, le han fallado sus actores. Contar con Michael Fassbender, que es un intérprete en el máximo apogeo de su carrera, y con Charlize Theron, que tiene demostrado su talento, se ha visto defraudado por el desequilibrio en la concepción y resolución de sus personajes, lo que puede ocurrirle también a Guy Pearce, horrorosamente maquillado, y hasta a Noomi Rapace, a la que tampoco considero exactamente encajada. Por supuesto las grandes cuestiones que se nos plantean siguen sin respuesta.

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