Una mirada a la belleza natural

En los claustros de muchos monasterios es difícil, casi imposible, aislar el medido equilibrio de sus formas del propósito de retiro y recogimiento que preside la edificación. Lo mismo sucede en ciertas arquitecturas civiles: la consistencia y rotundidad que las hacen hermosas está vinculada estrechamente al deseo de resaltar el papel de la ciudad o el valor del Estado. Hay así cosas bellas cuya hermosura sin embargo apenas puede separarse del uso para el que fueron pensadas o del fin para el que se hicieron. Algo parecido ocurre con muchas figuras humanas: aparezcan sobre el lienzo o el papel, en la piedra o en la luminosa pantalla del cine, el atractivo de la imagen es inseparable del ideal humano que encarnan. El David de Miguel Ángel habla de firmeza y capacidad de autoposesión; la Planchadora de Picasso, de la entereza en la necesidad, y Cecilia, la protagonista de La rosa púrpura de El Cairo, de la invención, entre ingenua y atrevida, de un fantástico mundo propio con que sobrevivir en tiempos de crisis.

Existe sin embargo otra clase de belleza. Es la que posee una flor o un árbol extraviados en el campo, la que suscita una repentina reverberación de luz en una calle cualquiera, la que tienen el continuo discurrir de las aguas o el ritmo nunca igual de las llamas de una hoguera. En estos casos la belleza no está vinculada a un uso, unida a un fin y menos aún conectada a un ideal. Es una belleza libre, gratuita. Quizá la encontremos también en la música. Creo que es esta segunda clase de belleza la que poseen (o persiguen) los trabajos de Dorothea von Elbe que cuelgan hasta el 4 de abril en la galería sevillana Rafael Ortiz, bajo el título Nunca había sabido que mi paso era distinto sobre tierra roja .

El trabajo de Dorothea von Elbe es desde hace tiempo una detenida meditación sobre algunas criaturas de la naturaleza que poseen esta belleza humilde y gratuita, flores o ramas a las que no solemos prestar demasiada atención. En las obras ahora expuestas hay algo más. Estos trabajos no se limitan a recoger esos objetos, signos de la belleza libre, privada de intención, de la naturaleza, sino que intentan elaborar y construir su misma gratuidad y sencillez. No se contentan con recolectar esa belleza que Kant llamaba vaga, no se conforman con imitar sus formas, humildes pero capaces de sorprender. Intentan más bien producirla valiéndose de los medios del arte.

A la entrada de la galería, en la primera sala, hay a la izquierda un cuadro vertical en el que sólo aparecen el largo tallo y las flores ya secas de un cardo. El atractivo de esta obra no radica sólo en la estilizada figura, sino en la pintura y en el trazo. La pintura se ha aplicado hasta conseguir una gran diversidad de suaves matices. Logra así un clima de densa sencillez, sin asomos de anécdota, pero a la vez muestra la propia condición material del pigmento: su textura, su insospechada capacidad para construir una unidad a partir de modalidades muy diferenciadas de una misma gama de color. El trazo o mejor, los trazos, que hacen brotar del fondo que acabo de describir el fino vástago de la planta y sus flores ya marchitas, están tocados por parecida ambigüedad: es evidente su sencilla inmediatez, su renuncia a cualquier artificio, pero a la vez muestra el atrevimiento del gesto de la mano, que parece haber desgarrado el pigmento del fondo para hacer brotar la imagen de la planta. En la sala de la izquierda, al fondo, otro cuadro, con el cáliz de una flor ya marchita, quizá la de una amapola o una adormidera, posee la misma condición. La gama de color del fondo es más variada y el perfil de la planta menos escueto, pero el trabajo posee análogo atractivo: muestra a la vez la firme simplicidad de las formas naturales y la desnuda presencia de la materia y el gesto.

El valor de estas obras de Dorothea von Elbe consiste en reivindicar el desconcierto que produce la belleza natural. Nuestro tiempo oscila entre una visión de la naturaleza racionalizada por la ciencia y encauzada por la técnica, y una acumulación de imágenes presididas por el artificio. Frente a esta mirada que alternativamente reduce cualquier cosa a utilidad o se recrea en la retórica del impacto, Von Elbe invita a volver los ojos a la belleza natural que, al brotar al margen del interés y sin buscar la seducción, escapa a cualquier fórmula y es, más que espectáculo, pregunta.

En la planta superior de la galería se exponen fotografías de la misma autora. Imágenes del Guadalquivir en Córdoba, crecido por las lluvias de hace algunos años. Los matorrales de las encenagadas riberas, el flujo de las aguas cargadas de barro y las solitarias aves en isleta ocasionales que la riada crea a su paso se antojan un ejercicio de la mirada con la que Von Elbe construye sus cuadros y dibujos.

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