Otro mentiroso compulsivo

Multicines La Dehesa Islantilla.- Producción: Estados Unidos, 2009.- T.O.: "The informant".- Duración: 108 minutos.- Dirección: Steven Soderbergh.- Guión: Scott Z. Burns basado en el libro "The informant" (A true story), de Kurt Eichenwald.- Fotografía: Steven Soderbergh como Peter Andrews.- Música: Marvin Hamlisch.- Montaje: Stephen Mirrione.- Intérpretes: Matt Damon, Scott Bakula, Joel McHale, Melanie Lynskey, Lucas Carroll, Tom Wilson, Andrew Daly, Tom Papa, Ann Dowd.

Es lógico que al más preciado cinéfilo le atraiga el nombre de Steven Soderbergh, director de la siempre bien recordada Sexo, mentiras y cintas de video (1989) y de otras como Erin Brockovich (1999), Traffic (2000), Buenas noches y Buena suerte (2006) y las últimas sobre Che Guevara: Che, el argentino (2008) y Che, guerrilla (2009), que nos dan en su conjunto, con obras menores, la dimensión de un realizador diverso y retráctil, en el sentido en que sabe bifurcar sus temáticas sobre asuntos y situaciones de una u otra forma interesantes. Lo es aquí en esta perspectiva atrayente aunque indirecta de la crisis económica que nos agobia.

La historia basada en una novela, a su vez fundada en un caso real, de Kurt Eichenwald, The informant, nos presenta a Mark Whitacre, un bioquímico al servicio de una macroempresa, Archer Daniels Midland, importante en el área de la industria agrícola, que decidió colaborar con el FBI para destapar una estafa internacional en la que estaba complicada su empresa. Los agentes iniciaron el seguimiento de los pasos de sus directivos y tuvieron más o menos claro que la corporación utilizaba prácticas ilegales en la fijación de precios. El cualificado representante de la entidad se convirtió en informante. Lo que la versión española titula como soplón. Pero llegó un momento en que las fuerzas policiales caen en la trampa de un mentiroso compulsivo.

Siempre se ha dicho, se ha repetido y se insiste, incluso, con respecto a ¡El soplón! que Steven Soderbergh es un realizador imprevisible. Para bien o para mal es muy significativo. Lo fue a menudo para el realizador de la saga Ocean´s 11, 12 y 13, lo menos relevante de su carrera pero lo más taquillero y lo es aquí con todos los honores. En esta ocasión, a costa de un personaje como el que representa Matt Damon, como urdido a su medida y que el actor borda, proporcionándole el tono de lo insólito, lo sorprendente y lo sarcástico a un personaje muy de acuerdo con ciertos tipos de la actualidad, todo el prototipo de una sociedad del momento, entre premeditado, compulsivo y manipulador. Un tipo en suma desconcertante que es la clave para proporcionar a la película su mejor punto de interés y sorpresa.

Todo lo cual le vale a Steven Soderbergh para construir una trama en torno a esas depravadas, mezquinas y nefastas corporaciones, cuyas actuaciones fraudulentas han resultado tan letales para las distintas economías internacionales. El director utiliza con presteza e inteligencia un material narrativo lo suficientemente idóneo que, basado en un personaje y unos hechos reales, juega con un argumento que en ocasiones puede obnubilar al público, pero acaba convenciéndole en el análisis de la personalidad de este individuo, redomado mentiroso compulsivo como hay tantos en nuestros días y sobre todo en la política. Nosotros, aquí en España, bien lo sabemos y los sufrimos.

Quizás el problema de la película es que sean tantos, tal vez demasiados, los nombres, los datos, las fechas, los personajes más o menos definidos, las incógnitas que surgen en el desarrollo de la historia, que a veces el espectador resulte confundido y un tanto ofuscado. Pero con todo esto, al final el público sabe que ha encarado un relato entretenido, apasionante en ocasiones, con sus rasgos de humor oportunos y complacientes, como una de las piezas que mejor encara Steven Soderbergh para demostrarnos que es un director que, sin hacer su mejor película, convence por su habilidad para interesarnos siempre. Lo más destacado, sin duda, la magnífica actuación del protagonista, Matt Damon, que vuelve a demostrar la valía indiscutible de su talento interpretativo.

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