Una luz de otro mundo

Según se nos advierte en el prólogo, las narraciones se ordenan atendiendo a la secuencia temporal de los hechos, y no a su fecha de publicación. Así, Preludio a la aniquilación (1949) precede a Flores de verano (1946) y a De las ruinas (1947). Sea como fuere, en ellas se recoge el paso de un mundo conocido al umbral de un vasto purgatorio. En el hermoso Preludio a la aniquilación, unas colegialas contemplan desde la azotea el paso de los B-29 y se extasían con la belleza metálica de los aviones enemigos. En Flores de verano, el protagonista se encuentra, tras la cegadora tempestad que sigue a la explosión, ante una ciudad devastada, sin apenas edificios, en la que no hay, sin embargo, un solo cráter. En De las ruinas, es ya la incoherencia, el estupor, la premura del superviviente, quien transmite su vacilación a las palabras. Aún así, esas dos imágenes resumen el ominoso ciclo de una era: la fascinación por el brillo y la eficiencia mecánicas; el vértigo ante una destrucción total, inhumana, sin huellas.

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