La libertad de elegir el color exacto y el camino propio

  • De Cárdenas impulsó la figuración sevillana con una pintura plena de emoción y destacó también en el grabado

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La libertad de elegir el color exacto y el camino propio

Tras la reciente pérdida del también pintor Pepe Soto, el anuncio del deceso de Félix de Cárdenas conmocionó ayer a la escena sevillana, que pierde al eslabón que mejor conectaba con los postulados y actitudes de la generación del realismo intimista liderada por Joaquín Sáenz y Carmen Laffón.

Muchos de esos allegados acudieron al tanatorio de San Jerónimo para despedir al amigo, rendir tributo al maestro y abrazar a la desconsolada familia del pintor, hallado muerto el viernes en su domicilio aljarafeño por la Policía Local de Tomares. Félix de Cárdenas había sido operado del corazón recientemente y, aunque ayer se le practicó la autopsia, los agentes avanzaron que podría haber fallecido por causas naturales. Hoy se le ofrecerá un responso a las 10:30 en dicho tanatorio previo al entierro de sus restos mortales en el cementerio de San Fernando.

Una de las cualidades que más destacaron ayer sus colegas de profesión fue su bondad. Para Concha Ybarra, "fue un grandísimo pintor y una gran persona, tan solitario como sus barcas en el silencio del río". Ybarra y Cárdenas compartieron durante años una amistad esencial en sus vidas y trayectorias, la de Juan Maestre, pintor y valedor de la colección de carteles de la Real Maestranza de Caballería a la que el artista entregó en 1997 el que, para Ricardo Cadenas, que le sucedería años después en ese cometido, "es el mejor cartel taurino que se ha pintado jamás en Sevilla". "Félix de Cárdenas recogió el testigo de la mejor tradición sevillana, la que ejemplifican Sáenz y Laffón, y para mí ha sido el mejor pintor figurativo de la ciudad en los últimos años y uno de los mejores grabadores españoles del último medio siglo, un maestro del aguafuerte cuya temática social abordó a través de grupos como Estampa Popular", precisó Cadenas.

Glosar su figura se hacía ayer especialmente doloroso para otro de los grandes pintores de la ciudad, el maestro discreto Fernando Ruiz Monedero (Sevilla, 1953), a quien Cárdenas consideraba "un hermano menor" y cuyo criterio estético siempre tenía en cuenta. "Era un gran dibujante pero, sobre todo, un maestro del color. Tenía un don excepcional y, con un toque de rojo, era capaz de poner en valor de golpe todos los verdes que contenía el lienzo. Me gustaba su emoción, su sabiduría al abordar los distintos géneros, del bodegón a la pintura erótica. Pensaba que no llegaría a adquirir fama internacional pero consideraba que sería reconocido como un buen pintor regional a lo Gonzalo de Bilbao". "Ha estado trabajando hasta el final, muy ilusionado con la exposición que iba a inaugurarle el próximo verano su galería mallorquina, sobre la que hablaba a menudo con su gran amigo Félix Gómez", añade Ruiz Monedero, que compartió durante años modelos con Cárdenas, a quien le gustó siempre pintar del natural.

También la camaradería y la pintura unieron durante dos décadas a Cárdenas con Ricardo Suárez (Sevilla, 1969), relación que propició que realizara este año el cartel de la Hermandad de la Macarena, uniéndose así a los grandes artistas que le antecedieron en el reto, como Guillermo Pérez Villalta, Carmen Laffón, Ignacio Tovar y el fotógrafo Emilio Sáenz. "Félix de Cárdenas cultivó de modo magistral el género del cartel, sobre todo en los que realizó para la Macarena, la Maestranza y las Fiestas de Primavera de 1999. Fue además un gran profesor, que en los años 80 descubría a sus alumnos del colegio Aljarafe que había otra pintura más allá de los circuitos oficiales. Le considero el máximo exponente de la figuración sevillana y andaluza y, a la vez, un artista independiente que nunca se dejó encuadrar en un ámbito estético concreto y que defendió siempre una pintura personal al margen de las modas y corrientes imperantes", asevera Suárez. De esa trayectoria dejó constancia el catálogo de la muestra de Caja San Fernando comisariada por Paco del Río y Pepe Soto, donde el primero legó uno de sus mejores textos críticos, un libro hoy descatalogado y cuya reedición sería el mejor homenaje posible.

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