el largo exilio de cernuda

  • Historias de vida. El escritor y traductor Antonio Rivero Taravillo acaba de publicar con Tusquets el segundo volumen de su biografía sobre Luis Cernuda, en el que ofrece "detalles desconocidos" del sevillano, al que considera "el mejor poeta de la Generación del 27, al margen de Lorca"

Antonio Rivero Taravillo no es sólo uno de los mejores poetas y traductores de su generación sino también uno de esos individuos que, como saben los fieles seguidores de su bitácora Fuego con nieve o de las actividades que promueve, posee la rara habilidad de convertir en pasión colectiva los temas de su intéres, un amplio catálogo que integra desde baladas celtas a sonetos de Shakespeare sin olvidar los riñones y pintas de Guinness que nutren la celebración del Bloomsday.

Galardonado con el XX Premio Comillas, que concede la editorial Tusquets, por el primer volumen de su biografía del autor de Ocnos, Rivero Taravillo publica ahora la segunda entrega de este apasionante estudio, que ayer se presentó en Sevilla dentro del ciclo Letras Capitales. Luis Cernuda. Años de exilio(1938-1963) ofrece "numerosas novedades y detalles desconocidos" de la última etapa del escritor sevillano, entre las que él destaca "las revelaciones sobre su trabajo con los niños vascos, una intervención desconocida sobre poesía inglesa para la BBC, un epistolario inédito con Salvador de Madariaga, su asiento de entrada en los Estados Unidos, información nueva sobre Serafín Fernández Ferro (su amor madrileño que murió en México al poco de asentarse él allí) y sendas entrevistas con Salvador Alighieri (su amor mexicano)".

El 14 de febrero de 1938, Luis Cernuda salió de España para no volver y ahí arranca esta segunda parte de su biografía, atravesada por la experiencia del exilio y atenta a los lugares donde el autor sufrió y amó. Para Rivero Taravillo, hay dos paradas extremas -el dolor y la dicha- en ese trayecto personal. "Al poco de estar en Inglaterra Cernuda sufrió una crisis terrible, que lo llevó a París y a punto estuvo de volver a España. Esa primavera y verano de 1938 fueron terribles. Feliz lo fue brevemente en Cambridge y en la playa de Acapulco al inicio de su etapa mexicana".

De Inglaterra, Cernuda pasó en 1947 a Nueva Inglaterra, "donde si bien la prosperidad era mayor imperaba la misma concepción, mercantilista, práctica y fabril del mundo protestante anglosajón. Al viajar a México, a la Nueva España, hallaría mucho de lo que añoraba de la España que dejó atrás: la luz, la sensualidad, la indolencia (tan suya) y, sobre todo, el idioma, que le estremece escuchar de nuevo de modo natural (no en universidades o círculos de exiliados). De esto dio testimonio en su libro de prosas Variaciones sobre tema mexicano". El exilio, continúa Rivero Taravillo, "agudizó en sus últimos años su carácter retraído y solitario y su idea de la fatal fugacidad de todo, que proyectó sobre su propia vida, como evidencia su penúltimo título, Con las horas contadas, o el contenido del último, Desolación de la Quimera, que es una suerte de testamento".

Entre los numerosos protagonistas de esta biografía es obligado destacar a Paloma Altolaguirre, cuyo testimonio personal justifica el alto valor de la propuesta. "Paloma Altolaguirre, hija de Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, fue como una hija para Cernuda, y los hijos de ella como los nietos que nunca tuvo. A dos de ellos dedicó poemas en Desolación de la Quimera. Para él fue muy importante el reencuentro con la familia en su primera visita a México y luego convivió con Concha y Paloma, que compartían la casa que la primera compró en Coyoacán, al sur de la ciudad de México. Lo hizo a partir de 1953, un año después de asentarse el poeta en el país azteca, hasta su muerte diez años después (con la excepción de unos cursos que a principios de los sesenta dio en California). Además, en 1952 Cernuda firmó como testigo en la boda de Paloma, como en 1932 en la de los padres de ésta". Rivero Taravillo recuerda con cariño que "tuve ocasión de conversar con ella el año pasado cuando fui a México para documentarme, y contestó preguntas y me abrió las puertas de su casa. Le agradecí mucho que asistiera a la presentación de este segundo tomo en el Ateneo Español de México el mes pasado. Además, un hijo suyo, Manuel Ulacia, escribió un magnífico estudio sobre la poesía de Cernuda, y su yerno, James Valender, ha sido un infatigable investigador sobre Cernuda y el responsable del monumental Epistolario y el bellísimo Álbum publicados con motivo del centenario del nacimiento del poeta sevillano, en 2002".

El amor, como cabía esperar tratándose del autor de La realidad y el deseo, es un elemento esencial que en esta relectura adquiere nuevos matices. "Sabíamos que Cernuda era enamoradizo. En la biografía se muestra que, seguramente, era más platónico de lo que habíamos imaginado. Bajo esa clave habría que leer los Poemas para un cuerpo que le inspiró su amor mexicano de los años cincuenta. Cernuda nunca ocultó su homosexualidad en sus poemas, pero éstos pueden ser gozados como la alta poesía que son por cualquiera, independientemente de la inclinación de cada cual".

Es interesante dialogar con Antonio Rivero Taravillo, traductor de excelentes versificadores como Yeats y Shakespeare, sobre el lugar que debería ocupar Luis Cernuda en el canon de la gran poesía europea del siglo XX y sobre la importancia que tuvo la expatriación en la conquista de esas cotas artísticas tan elevadas. "En mi opinión, lo mejor de Cernuda hay que hallarlo en sus dos primeros libros del exilio, escritos en su mayor parte en Gran Bretaña: Las nubes y Como quien espera el alba (si bien el anterior, Invocaciones, es también espléndido). Harold Bloom estima mucho a este Cernuda reflexivo, metafísico, vena que procede de su conocimiento de los poetas ingleses, aunque ya estaba preparado para ello desde su frecuentación de Hölderlin. Del exilio brota mucha de su mejor obra, y el conocimiento de una tradición sobre la que posteriormente dio un título pionero: Pensamiento poético en la lírica inglesa (siglo XIX). En algunos aspectos Cernuda recuerda a Cavafis (por ejemplo, en el monólogo dramático, aunque él lo aprendió, como el griego, en Robert Browning), en otros a Yeats (ese resistirse a envejecer, ese obstinarse en amar los cuerpos jóvenes). A Eliot lo admiró como poeta, aunque nunca pudo ocultar su antipatía por él, no sólo por cuestiones políticas y religiosas sino por haber aquél rechazado publicarlo en la editorial Faber, que dirigía. Y Cernuda no perdonaba fácilmente. Al margen de Lorca (que es un fenómeno arrollador), Cernuda es el mejor poeta de su generación, lo que no es poco".

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