Los invasores

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Ayer, cuando publicábamos en estas páginas la crítica de la película Invasión a la tierra, recordábamos una vez más La guerra de los mundos, tanto del libro de H. G. Welles, Publicado en 1898, como del famoso programa de radio de Orson Welles que sobrecogió a los norteamericanos en 1938 y los que siguieran la película realizada por Byron Haskin en 1953 y sobre la que volvió con alardes de efectos especiales en 2005 el poderoso Steven Spielberg. A partir de ahí y con intermitencias más o menos prolongadas las producciones catastrofistas sobre el destino incierto de este planeta a manos de invasores procedentes de otras galaxias, no ha cesado en el cine.

Permitan que recuerde, entre aquellas primeras experiencias un notable precedente que nos remite a un estimable cine en blanco y negro, la imprescindible Ultimátum a la tierra (1951) de Robert Wise, en la que una nave extraterrestre, lo que siempre llamamos un platillo volante, irrumpe en la tierra para transmitir un mensaje decisivo a los hombres. El mundo se conmociona con la noticia que comunica el mensajero llamado Klatu, sin que la reacción de los humanos sea la más amistosa. Curiosamente como en le caso anterior, el cine volvía al tema en la versión que en 2008 dirigía, con poca fortuna, Scott Derrickson.

En uno de los más inquietantes mensajes de anticipación de signo igualmente invasor, los espectadores de los últimos años cincuenta se alarmaron intensamente cuando vieron en las pantallas de los cines una película como La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), de Don Siegel en la que un médico de una pequeña población observa el extraños comportamiento de algunos de sus habitante que están siendo sustituidos por clones alienígenas. Tampoco esta película sería ajena al afán incontenible de los remakes o las nuevas versiones que llegaría con La invasión de los ultracuerpos (1978), de Philip Kaufman. Ambas presentan un correcto tratamiento fantástico y se caracterizan por la escasez de efectos especiales.

Todo lo contrario ocurría con Independence day (1996), con la que Roland Emmerich daba un paso atrás a favor de un cine más bien reaccionario con el aire más que conservador del cine bélico estadounidense de los años cuarenta-cincuenta en una realización que mereció las peores críticas. Diríamos que el mejor estilo burlesco, sarcástico y corrosivo lo represento un título inapagable: Mars Attacks!, del siempre sorprendente Tim Burton, en la que los grotescos alienígenas explotaban estrepitosamente cuando oían la canción Indian love call, de Slim Whitman.

No han escaseado en los últimos tiempos diversos tratamientos del tema de la invasión con situaciones y títulos diferentes. Una referencia a tener en cuenta, hasta cierto punto es Rescate en Nueva York (1981), de John Carpenter, un tema reiterativo en este director. Pero más recientes son la enigmática Señales (2002), de M. Night Shyamalan, recurrente constante en el género fantástico. Con bastante menos fortuna también lo intentó District 9 (2009), de Neil Blomkamp; luego tuvimos Monstruos contra alienígenas (2009), de Rob Letterman y Conrad Vernon y finalmente Skyline (2010), de Colin y Greg Strause, en la que las naves extraterrestres succionan a los terrícolas. Ahora Invasión a la tierra, de Jonathan Leibesman, es un capítulo más, nada relevante, muy cerca de la línea patriótica de Independence day.

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