La inmensidad de la guitarra de José Antonio Rodríguez

Es imposible pasar una y otra vez por la puerta de esta sala y no recordar aquellas tardes de primavera. Todavía recuerdo el pasillo central que hacía que el patio de butacas se dividiera en dos y aquel enorme logo blanco sobre fondo azul de El Monte resplandeciendo en mitad del escenario. Me gustaba observar la calle al final de los conciertos, porque la ajetreada vida del centro de Huelva, a esas horas, se transformaba en la más oscura tranquilidad. Sólo las farolas temblorosas nos animaban a la invitación pre estival de no marcharnos a casa, y seguir discutiendo sobre el concierto que acabamos de disfrutar.

Eran los primeros años de la década de los noventa y yo tan sólo era un chiquillo con una enorme fijación: la guitarra de concierto. Tras mis primeros años de Conservatorio en la calle Rico, el disco Zyryab del maestro de Algeciras y las cintas de cassette de Camarón, fuimos investigando a los nuevos y jóvenes talentos de la guitarra. Sonoridades más frescas y evolucionadas que pudieran abrirnos las puertas de nuevos conceptos y retos.

En una de esas vueltas por Radilux, y cuando el mundo del cd apuntaba a reventar los formatos de escucha fonográfica, encontré un vinilo de oferta con la imagen de un chico agarrando su guitarra con la mirada perdida. Se trataba de Callejón de las flores, un precioso lugar de Córdoba pleno de sabor a Judería. Aquel joven guitarrista, de nombre José Antonio Rodríguez, casualmente compartiría cartel en la pequeña sala de la calle Plus Ultra junto a Manolo Sanlúcar, en un ciclo similar a este. No me lo perdería por nada del mundo -pensé-, así es que allí estuve para disfrutar de una música con sentido.

Ayer, después de más de veinte años en aquella misma sala de conciertos, pude volver a escuchar a aquel chico que agarraba la guitarra con la mirada perdida en un futuro musical incierto. A día de hoy y después de escuchar y seguir su trayectoria, podemos asegurar que estamos delante de uno de los grandes guitarristas que esta tierra ha dado. Me felicito por haber creído en él, por asegurarme una y otra vez que estaba en lo cierto, que iba a ser quien es.

En aquella ocasión llevaba una formación similar, pero su ejecución y limpieza ya le hacía tener un punto de partida que esperanzaba grandes retos. Y así ha sido. A pesar de las modificaciones y de la evolución negativa que el sector musical ha presentado en estos años, la guitarra de José Antonio Rodríguez sigue siendo demandada en multitud de lugares del mundo. Y por el bien de la música y del flamenco, nos alegramos de manera notoria.

Su sonido se ha hecho más pesado, más rotundo y mucho más expresivo. El dominio excelente de la técnica le hace depurar toda sensibilidad, con increíbles matices y sorprendentes mensajes melódicos. Nos conduce a un vaivén de armonías que le permiten jugar con las diferentes formas del flamenco, atreviéndose a ir más allá, con una calidad en todos sus recursos estilísticos.

Ayer José Antonio Rodríguez y su guitarra me hicieron volver a mi adolescencia. Él ha crecido y yo también. Gracias por creer en ti, gracias por seguir ahí. La música sólo da si eres capaz de que reciba, y tú lo has logrado con creces. ¡Enhorabuena, maestro!

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